Cuando terminó la temporada de comparsas y desfiles, una certeza quedó flotando en la memoria colectiva del Carnaval de Barranquilla: la colección “Alegría”, de Judy Hazbún, no fue solo una propuesta estética más, sino una declaración cultural que dialogó con la ciudad, sus tradiciones y su proyección de futuro.
Bajo el lema “Barranquilla linda y limpia florece para todos”, la diseñadora construyó un relato visual que tomó como punto de partida el progreso urbano y el orgullo ciudadano. La inspiración central fue la danza del Son de Negros, una de las manifestaciones más potentes del folclor del sur del Atlántico. Desde allí, Hazbún reinterpretó códigos tradicionales para trasladarlos a una narrativa contemporánea donde la moda se convierte en vehículo de memoria y resignificación.
La pieza emblemática del diseño presentado en la Batalla de Flores fue la pollera pa’ llevá, concebida no solo como prenda sino como mandato ciudadano: vestir para moverse, bailar y habitar la fiesta. Las cayenas, flor símbolo de Barranquilla, se convirtieron en protagonistas durante los desfiles.

No se trató de una simple aplicación ornamental; Cada cayena fue tejida en crochet por manos de los “Clubesdetejedores” , iniciativa impulsada por Inpsicon, Psicología del Consumidor, que durante más de 16 años ha articulado marketing cultural con salvaguardia patrimonial.
Ese detalle técnico revela uno de los puntos más sólidos de “Alegría”: su dimensión colectiva. La colección no nació únicamente en el taller de la diseñadora, sino en un entramado de artesanas, tejedoras y gestores culturales que entienden el Carnaval como un sistema vivo. En esa construcción, la empresa Triple A ha estado vinculada al proceso evolutivo de esta apuesta, reforzando un mensaje que conecta sostenibilidad, ciudad y tradición.

Más allá del impacto visual, “Alegría” propuso una reflexión sobre la sostenibilidad cultural. El diseño simbolizó una Barranquilla que avanza reconociendo a su gente y apoyando los saberes tradicionales como motor de innovación. En un contexto donde la moda suele asociarse a lo efímero, Hazbún planteó una colección que entiende la investigación y la innovación como herramientas estratégicas para el crecimiento creativo del territorio.
El resultado fue un vestuario que condensó símbolos identitarios sin caer en la caricatura. El Son de Negros aportó fuerza gestual y narrativa; la cayena, delicadeza y arraigo; la pollera, movimiento y apropiación popular. La combinación logró un equilibrio entre espectáculo y profundidad conceptual, recordando que el Carnaval no es solo escenario festivo, sino patrimonio oral e inmaterial que se actualiza año tras año.

En términos culturales, “Alegría” marcó el Carnaval al reafirmar que la tradición no es un museo estático, sino una práctica dinámica que puede dialogar con discursos contemporáneos como la sostenibilidad, la ciudadanía y la innovación social. La colección se convirtió en símbolo de una ciudad que aspira a proyectarse “a otro nivel”: próspera, consciente de su memoria y conectada con su territorio.

Al cierre de la temporada, cuando las comparsas regresaron a sus barrios y los disfraces fueron guardados, la propuesta de Judy Hazbún permaneció como referencia de cómo la moda puede trascender la pasarela y convertirse en herramienta cultural. “Alegría” no solo vistió una Batalla de Flores; ayudó a narrar una visión de ciudad donde el progreso y la tradición no compiten, sino que se entrelazan.
Así, en la historia reciente del Carnaval, esta colección queda inscrita como un ejercicio de identidad compartida: una invitación a entender que vestir la fiesta también es una manera de protegerla, investigarla y proyectarla hacia el futuro sin desprenderla de sus raíces.
