Anoche, en Bogotá, empezó una nueva edición del Bogota International Film Festival (BIFF), la 12 de su historia, y no es logro menor. El festival se extiende hasta el 14 de este mes con una oferta notable de cine internacional (de enorme presente), nacional (con cuatro estrenos de lujo y una gran selección de cortometrajes), y una valiosa agenda de conferencias y charlas.


Y, porque no podía ser de otra manera, abrió a lo grande, como suele hacerlo: con la ganadora de la Palma de Oro en Cannes este año, Fjord. Y al verla, no es difícil entender por qué se llevó tal reconocimiento.
En sus dos horas y 20 minutos, la película del rumano Cristian Mungiu cuenta el matizado y traumatizado cuento de una familia de padre rumano y madre noruega, recién instalada en Noruega, que entra en la mira de los servicios sociales, específicamente de los de protección a la niñez. Ante el prospecto de perder a sus cinco hijos, dos adolescentes, dos niños y un bebé, por presuntamente lastimarlos físicamente, el matrimonio de Mihai y Lisbet Gheorghiu termina enfrentado al sistema judicial e incluso inmerso en una cruzada internacional en defensa de la familia tradicional.
Este es, pues, un drama familiar que, ante el escalamiento de los hechos, se hace muy pronto un drama social y legal. El Gobierno noruego, partiendo desde los profesores mismos, prende unas alarmas de tremendas repercusiones, y desata así, literalmente, una avalancha.


En su desarrollo, Fjord ofrece un ejercicio cinematográfico brillante que en el centro pone una pregunta muy sonada en redes sociales: “¿Alguien quiere pensar en los niños?”. Y en el proceso de responderla, no deja a títere con cabeza. Tanto las maneras religiosas como el sistema superprotector noruego, que podría considerarse un bastión de lo woke, son cuestionados en sus límites y atribuciones. La ruta al infierno está pavimentada de buenas intenciones, se dice...
La producción está diseñada y muy bien ejecutada para agitar debates (sociales, familiares, individuales) sobre los límites de una educación estricta y religiosa en un hogar que priva a sus jóvenes de teléfonos, de YouTube, de música y baile que no sean estrictamente religiosos. Así mismo, pone en cuestión las atribuciones de un Estado que, ante ciudadanos que vienen de otras culturas, no deja lugar al matiz cultural. ¿Es un cachetadón demasiado? ¿Es cruzar una línea darle una palmada a un niño en la cola como reprimenda ante un mal comportamiento? Es posible. Cada quién arma su ecuación, partiendo de la formación y educación recibida, y la experiencia de cada quién.


En un país distinto en sus maneras a Rumania, de vanguardia social como lo es Noruega, donde todo se respeta tanto, ¿hay respeto a las creencias religiosas?, quizá; ¿hay respeto por la educación que imparte una familia que dice a sus hijas e hijos que el lesbianismo los llevará al infierno?, no tanto. ¿Debería haberlo?
Esa línea difícil de trazar se navega durante toda una película que plantea dudas ante absolutismos y presunciones. Porque, incluso en sus ciudadanos más informados y educados, como Mats, el vecino de esta familia y rector de la escuela donde llegan los chicos, se oscila entre la lógica y la intolerancia radical ante la religión. A veces desde la razón, a veces desde el prejuicio.
Los talentos congregados son indiscutibles, y dan muestra del tamaño de la película desde antes de verla. Sebastian Stan (conocido por sus roles en Marvel, más recientemente nominado al Óscar por su interpretación de Donald Trump en The Apprentice) es Mihai Gheorghiu, un rol en el que y Renate Reinsve (quien se hizo global de la mano de Joachim Trier en películas como The Worst Person in the Word y Sentimental Value, también nominada al Óscar) es su esposa noruega Lisbet Gheorghiu. Ambos entregan papeles que pueden derivar en nuevas nominaciones. Y Lisa Carlehed, en el rol de Mia, vecina de la familia, también merece aplausos.


Pero, claro, por más que parece por lo recién relatado, en Fjord no solo se mira a los adultos, y ese es, en el fondo, un punto crucial que captamos: ¿Alguien quiere pensar en los niños, más allá de su propia conveniencia? No parece, no parece. Por el bien de los niños actúan todos, pero poco les importa lo que piensan de verdad, lo que sienten, más allá de “escucharlos”... Y en ese aspecto, la relación entre la adolescente Elia (Vanessa Ceban) y su nueva vecina y compañera de colegio Noora (Henrikke Lund Olsen), hija de Mia y Mats, cobra especial relevancia...
