En Medellín, miles de personas que trabajan por cuenta propia dependen de un tipo de financiamiento que opera por fuera del sistema bancario tradicional: el crédito conocido como “gota a gota” o “pagadiario”.
Aunque suele asociarse únicamente con prácticas ilegales y violencia, una investigación reciente muestra que estos préstamos se han convertido en una pieza clave para la supervivencia económica de amplios sectores urbanos excluidos del crédito formal.
El fenómeno fue analizado por Juan Felipe Duque Agudelo, magíster en Estudios Políticos de la Universidad Nacional de Colombia, quien estudió el funcionamiento del gota a gota en la capital antioqueña como parte de su investigación académica.

Su trabajo revela que estos préstamos no solo cubren emergencias familiares, sino que financian directamente la actividad productiva diaria de vendedores ambulantes, pequeños talleres y negocios familiares.
De acuerdo con el análisis, el crecimiento del endeudamiento informal en Colombia ha sido sostenido durante las últimas décadas.
Estudios sobre el tema muestran que en 2010 este tipo de crédito representaba cerca del 35,7 % del endeudamiento informal, y para 2013 ya alcanzaba el 42,8 %, una tendencia que refleja la falta de alternativas financieras para la economía popular. La principal ventaja del gota a gota es su rapidez: no exige papeleo, los recursos se entregan casi de inmediato y los pagos se ajustan al flujo diario de ingresos.
Sin embargo, el costo de ese acceso es alto. Las tasas de interés suelen rondar o superar el 20 % en plazos cortos, generalmente entre 15 y 30 días. El incumplimiento puede derivar en presiones, amenazas o incluso violencia, aunque la investigación señala que estas situaciones suelen aparecer después, en escenarios de mora, y no como punto de partida de la relación crediticia.

El estudio plantea que reducir el gota a gota únicamente a una práctica criminal impide comprender por qué se reproduce con tanta fuerza.

En muchos casos, la relación de deuda comienza de manera consensuada, impulsada por la urgencia económica. Para quienes dependen del ingreso diario, perder un día de trabajo por falta de capital puede significar quedarse sin sustento.
La investigación también evidencia que estos créditos están profundamente integrados en la vida cotidiana de la economía popular. El dinero circula en los mismos espacios donde se produce el ingreso: la calle, el hogar o el puesto de trabajo. Más que un contrato financiero, el gota a gota funciona como una rutina de endeudamiento adaptada a la informalidad laboral.

A partir de entrevistas a deudores, cobradores y líderes comunitarios, así como del análisis de actas del Concejo de Medellín y material periodístico, el estudio concluye que la persistencia del gota a gota refleja las limitaciones estructurales del mercado laboral urbano.
Lejos de ser una anomalía, este tipo de crédito expone cómo la deuda se ha convertido en un mecanismo para seguir produciendo en contextos donde el empleo formal y la banca tradicional no llegan.










