SEMANA: ¿Cómo llegaron ustedes a ser retenidas por el ICE?
Alejandra Montoya: Nos detuvieron por un viaje de vacaciones que hizo mi hija a Estados Unidos. Yo vivía desde hacía más de siete años en Nueva York. Estoy casada con un ciudadano estadounidense y estaba en proceso de cambio de estatus migratorio. Tenía mi trámite en curso, mis huellas tomadas y mis documentos al día. Mi hija había viajado antes con visa de turista para visitarnos. Ese día salió de Medellín a Miami en un vuelo comercial, acompañada por una azafata, como viajan los menores sin adulto responsable. Cuando pasó por migración, la detuvieron. La interrogaron durante aproximadamente dos horas. Un oficial me llamó y me dijo: “Acércate a la puerta ocho con tu identificación para entregarte la niña”. Me subieron a un ascensor donde tenían a mi hija detenida. El saludo fue directo: “O te vas para tu país porque sabemos que eres inmigrante, o te encerramos con tu niña”. Les expliqué que tenía abogado, que estaba casada con un ciudadano americano, que mi proceso migratorio estaba en curso y que mi hija tenía visa vigente. La respuesta fue clara: “Firma una deportación voluntaria y regresas con tu hija, o las encierro a las dos”.
SEMANA: ¿Cómo fue la experiencia después de eso?
A.M.: Fueron 128 días en el centro de detención en Dilley, Texas. Legalmente, bajo acuerdos federales, los menores no deberían permanecer detenidos más de 20 días. Fue una experiencia de terror. Una niña de 9 años que viajaba con una maleta llena de disfraces para unas vacaciones de diez días. Llevaba uno para ella, uno para mí y uno para su padrastro porque íbamos a una fiesta nocturna en Disney. Ella llevaba mucho tiempo pidiéndome que la llevara. Unas vacaciones se convirtieron en cárcel. Fue un proceso de ansiedad y miedo. Las secuelas son invisibles, pero quedan. Y queda la sensación de que utilizaron a una niña con fines políticos.
SEMANA: María Antonia, ¿cómo fue tu experiencia?
María Antonia Guerra: No fue lo mejor para un niño. Afuera tengo rutinas: escuela, tareas, dormir a cierta hora. Allá no hay escuela ni actividades. Yo quiero ser diseñadora de moda. Sé que ese país me puede ayudar porque quiero viajar y cumplir mis sueños. Pero también hay otros niños que tienen sueños como yo, y no quiero que por ser devueltos a su país no puedan cumplirlos.
SEMANA: ¿Cómo era la convivencia en el centro?
A.M.: El centro familiar es administrado por CoreCivic, una operadora privada de prisiones, pero bajo órdenes del ICE. Aunque no siempre eran oficiales uniformados quienes interactuaban con nosotros, estábamos permanentemente custodiados. Los niños tenían limitaciones como en cualquier cárcel: debían hacer fila para comer y, si no llegaban a tiempo, no podían hacerlo. A mi hija muchas veces le negaron la alimentación. Durante cuatro meses comió básicamente una porción de fruta y una de leche de soya dos veces al día; ocasionalmente, arroz con fríjoles. Esa fue su alimentación durante 128 días. A los niños se les impedía jugar, correr, saltar o tener independencia.
M.G.: En Dilley casi no nos dejaban jugar. Algunos oficiales intentaban hacernos la vida un poco más fácil; incluso algunos lloraban al vernos tanto tiempo allí. Pero la mayoría no nos dejaba hacer nada. Antes había juegos en las computadoras y acceso a YouTube para niños, y los quitaron. Decían que era la política del lugar. Había tres turnos: mañana, tarde y noche. En la mañana casi no dejaban jugar. Decían: “No corran, no salten”. Muchos niños preferían ir en la tarde o en la noche, dependiendo del humor de los oficiales. Yo no podía ir sola al baño ni a las duchas. Si mi mamá estaba dormida, tenía que despertarla. Una vez me sacaron a la fuerza de las duchas porque ella no iba conmigo.

SEMANA: María Antonia es vegetariana. ¿Hubo alguna alternativa alimentaria?
A.M.: Fue muy complejo. Nos remitieron incluso al capellán porque argumentaban que no podían darle dieta especial si no pertenecía a un grupo religioso específico. Mi hija explicó por qué es vegetariana con una claridad admirable. Durante meses solo le ofrecían fríjoles y arroz. Finalmente, faltando un mes para salir, logramos que le dieran proteína de leche de soya dos veces al día. Se consiguió gracias a una fórmula enviada por un médico colombiano explicando sus alergias y a una pediatra del centro que autorizó la dosis. Pero eso ocurrió después de casi cuatro meses.
M.G.: Yo les dije que creo en Dios, pero no tengo religión específica. Les expliqué que mi forma de respetarlo es no comer animales. Me dijeron que no podían darme “esos caprichos”. Y yo respondí que no era un capricho.

SEMANA: ¿Hubo problemas de salud?
M.G.: Sí. Me desmayé dos veces y no me llevaron a un hospital.
A.M.: Tuvo episodios de síncope y cefaleas. Se ponía morada. En el servicio médico le daban jugo de manzana y decían: “No te desmayaste donde está la cámara”. Sus signos vitales estaban inestables. Nos decían que solo podían brindar atención básica, que no podían hacer exámenes ni determinar si había un problema neurológico.

SEMANA: ¿Cómo surge la carta que se volvió viral?
A.M.: Todo comienza cuando se hizo mediático el caso del niño ecuatoriano Liam Conejo Ramos. Llevábamos más de 90 días detenidas. Varias organizaciones nos apoyaban legalmente, pero no había respuestas. Como nosotras había muchas familias. Decidimos organizar una manifestación con los niños para hacernos notar.
Al día siguiente ingresó Liam con su papá. Mi esposo contactó a la prensa para visibilizar que había niños detenidos que no estaban siendo escuchados. Cuando la prensa se interesó, tomaron represalias: nos encerraron en la habitación, botaron marcadores y dibujos, levantaron las camas y entraron diez guardias a sacarnos.
Al día siguiente, las niñas consiguieron lápices a escondidas. Decidieron escribir cartas porque necesitaban que alguien las escuchara. Fue un acto de impotencia. Así nació la carta que se volvió viral: María Antonia y sus amigas escribiendo lo que sentían.

M.A.G.: Una persona nos dijo que hace tiempo habían intentado que el centro fuera visto y no lo lograron. Una niña propuso hacer cartas. Yo les dije que las hiciéramos ese mismo día. Esa niña, que luego liberaron, se llevó las cartas y dijo que nos ayudaría. Gracias a ella se hicieron públicas. Entre las que escribieron había una niña de cinco años y su hermana de once; las enviaron de vuelta a Venezuela después de tres años sin ver a su papá.

SEMANA: ¿Hubo alguna ayuda de la Embajada de Colombia o del Gobierno nacional?
A.M.: Hay cierta responsabilidad del Estado colombiano. Yo envié una carta de auxilio a la embajada colombiana, diciéndole que había más de 35 familias colombianas dentro de este centro de detención. Firmamos esa carta todos, pidiéndole a la Cancillería, al consulado y al presidente que enviara un avión, que hablaran por nosotros, que queríamos salir de detención, así significara volver al país, que nos ayudara. Esa carta nunca la respondieron.

SEMANA: ¿Qué fue lo más difícil de todos esos meses encerradas?
M.G.: Extrañar todo lo de afuera. Allá uno no tiene vida.
A.M.: Ver a mi hija encerrada en una habitación con dos ventanas, viendo novelas mexicanas porque era lo único disponible. Lo más duro no es el encierro físico, es la incertidumbre: no saber cuánto tiempo más va a estar tu hija ahí y no poder protegerla.

SEMANA: ¿Cómo fue la salida?
A.M.: El 6 de febrero, a las 2 a. m., entró la guardia y dijo: “Levántense, se van”. María Antonia se arrodilló llorando y me decía: “¿Es verdad?”. A esa hora nos llevaron a procesamiento. Nos devolvieron pertenencias sin permitirnos cambiarnos. Nos quitaron cordones y moños, nos pusieron ropa gris y negra y nos subieron a un bus custodiado durante seis horas hacia el aeropuerto de Dallas. Teníamos que pedir permiso hasta para ir al baño. Allí fui presionada nuevamente para aceptar la salida voluntaria. No podíamos tener documentos ni pertenencias. Nos escoltaron hasta la puerta del vuelo y solo allí me devolvieron el pasaporte y el teléfono. Cuando entramos al avión, nos dijeron: “Bienvenida”. Le dije a mi hija: “Ya terminó”. Se sentó y me dijo: “Mami, se acabó la pesadilla, ¿cierto? Pellízcame”.
SEMANA: ¿Qué mensaje les diría a los niños retenidos?
M.G.: Es difícil decirles algo. Si uno les dice “sé fuerte”, es como si ya hubieran sido demasiado fuertes. Lo que quiero decirles es que vamos a seguir luchando para que ese lugar no exista para otros niños.
