SEMANA: ¿Cómo es su historia con Irán y cómo terminó en Colombia?
Pedram Fanian: Salimos de Irán después de la Revolución islámica. Primero salió mi papá, porque había tenido un cargo en el Gobierno anterior. En ese momento había mucho caos en el aeropuerto y logró salir justo después de la llegada del ayatolá Jomeini. Luego salimos nosotros, con mi mamá y mi hermano. Fuimos a Canadá, donde comenzamos una vida como refugiados. Además, pertenecemos a una minoría religiosa perseguida en Irán: la fe bahá’í. Por sus creencias pacíficas, su modernidad y por algunos postulados teológicos que contradicen dogmas islámicos, esta comunidad ha sido históricamente perseguida. Desde entonces no he podido regresar a Irán, porque hacerlo sería muy riesgoso. Mi actividad comercial está relacionada con inversiones familiares en el sector inmobiliario y de proyectos. Llegué a Colombia hace aproximadamente 17 años. Mis hijos son colombianos, tengo familia aquí, y Colombia ha sido históricamente un país abierto y amigable con los inmigrantes.
SEMANA: ¿Cómo funciona el régimen iraní que hoy gobierna la población?
P.F.: Para entenderlo, hay que comprender la naturaleza del régimen iraní. Es una república islámica, una teocracia en la que los gobernantes se atribuyen una autorización divina para gobernar y apropiarse de la riqueza de la nación. Hay un componente teológico muy fuerte que justifica los abusos del régimen. La brutalidad con la que este ha reprimido las protestas es extrema. Para ponerlo en contexto colombiano, sería como si un grupo como el ELN llegara al poder absoluto: una ideología rígida, sin respeto por la libertad de expresión, en la que los opositores son considerados enemigos del Estado. En Irán, además, son considerados enemigos de Dios.

SEMANA: ¿Cómo ve el contexto actual de las protestas en Irán, que ya llevan semanas y han dejado miles de muertos?
P.F.: Las protestas recientes comenzaron con los bazaríes, comerciantes tradicionalmente conservadores y cercanos al régimen. Pero la economía iraní colapsó: inflación altísima, desempleo, pérdida total del valor de la moneda y ausencia de esperanza. Eso afectó directamente al comercio. A partir de ahí las protestas se expandieron. Hoy incluyen estudiantes, sectores liberales, de izquierda, profesionales, artistas y amplios sectores sociales. La mayoría de los manifestantes se identifican con valores democráticos y muestran simpatía por la figura del príncipe Reza Pahlavi, hijo del último sha de Irán, quien ha defendido un cambio democrático desde el exilio. Su objetivo no es tomar el poder autoritario. Ha sido claro en que el sistema político debe decidirse mediante referéndum o elecciones. Defiende una democracia liberal y secular, entrelazada con una monarquía constitucional, algo presente en la memoria histórica persa. Según análisis académicos y observación de las protestas, hoy es la figura opositora más popular en Irán. Las estimaciones indican que el régimen tiene, como máximo, un 20 por ciento de apoyo. Más del 80 por ciento quiere un cambio. El problema es que el régimen posee armas, y la población no. Aun así, la sociedad iraní tiene una conciencia política avanzada. La cultura persa no es fundamentalista: es abierta, reflexiva y tolerante. El islam iraní ha pasado por un proceso de ilustración. Eso demuestra que la sociedad está preparada para una democracia moderna.

SEMANA: ¿Cree que existe una oportunidad real de que el régimen caiga?
P.F.: Sí, por varias razones. Primero, factores económicos estructurales: escasez de agua y pobreza en un país que debería ser riquísimo por su petróleo, gas e industria. Segundo, divisiones internas dentro del régimen: luchas por corrupción, poder militar y control económico. Tercero, una oposición casi universal. El régimen es represivo, pero no tiene credibilidad. El cambio puede darse si las protestas continúan, y lo harán porque responden a una necesidad profunda de la población. ¿Qué podría acelerar ese proceso? Una huelga general en sectores clave, como el comercio o el energético. También que sectores del aparato de seguridad o del Ejército cambien de bando. Existe, además, la posibilidad de una intervención militar limitada de Estados Unidos o Israel. Hoy esa probabilidad supera el 50 por ciento. No sería una invasión, sino ataques a objetivos militares específicos. Si coincide con las protestas internas, podría provocar el colapso del régimen. No se trataría de un cambio impuesto desde afuera, sino de una combinación entre presión interna legítima e intervención externa puntual. Si eso ocurre y la transición hacia una democracia es exitosa, Irán podría convertirse en una fuente de estabilidad regional, con buenas relaciones con Estados Unidos, Israel y los países árabes.
SEMANA: ¿Qué diferencia hay entre estas protestas y las que siguieron a la muerte de Mahsa Amini?
P.F.: El asesinato de Mahsa Amini, por no usar el hiyab, dio origen al movimiento Mujer, Vida, Libertad. Ahora las protestas son aún más revolucionarias, más fuertes y mucho más amplias. Participan sectores que antes no protestaban, como los bazaríes. Ya no es solo un movimiento de estudiantes o intelectuales: es masivo. La segunda diferencia es que, por primera vez, la población expresa de forma amplia su apoyo a una figura política concreta como símbolo de cambio. Eso le da una oportunidad histórica al movimiento.

SEMANA: ¿Qué papel debería desempeñar Estados Unidos, particularmente bajo Donald Trump?
P.F.: Trump es una figura impredecible, pero hay que ser realistas. Estados Unidos actúa por intereses, como cualquier potencia. En este momento, un Irán democrático, que no patrocine el terrorismo, respete el sector privado, garantice libertades y no amenace a Israel está en el interés de Estados Unidos y del mundo democrático. Las administraciones de Obama y Biden apostaron por el apaciguamiento, y eso fracasó. Irán avanzó en su programa nuclear de misiles y patrocinando grupos radicales, como Hezbolá y Hamás. Un cambio de régimen en Irán sería positivo para la economía, la estabilidad regional y la seguridad global. La revolución de 1979 produjo un vacío de poder que permitió guerras regionales, el fortalecimiento de Sadam Huseín, la entrada soviética a Afganistán y el surgimiento de Hezbolá como proxy iraní. Hoy la población iraní reconoce que ese modelo fracasó. Incluso algunos líderes religiosos afirman que la teocracia no funciona. Eso demuestra una madurez social profunda.

SEMANA: ¿Por qué es clave que el régimen iraní caiga para el mundo occidental?
P.F.: Por su ubicación estratégica, su influencia en el golfo Pérsico, su programa nuclear, su patrocinio del terrorismo y su amenaza a Israel. Un Irán libre sería un aliado clave para la estabilidad energética, la inversión y la seguridad global. Además, un Irán democrático podría desempeñar un papel positivo en el conflicto palestino-israelí. El mayor obstáculo para la paz es la República Islámica, que rechaza la solución de dos Estados y financia la radicalización. Un Irán fuerte y democrático podría impulsar una solución viable.
SEMANA: Se ha denunciado la presencia de Hezbolá en Venezuela y Colombia. ¿Qué riesgo representa?
P.F.: Hezbolá no tiene aliados ideológicos en América Latina, pero sí alianzas criminales y estratégicas. Comparte con grupos como el ELN el uso del narcotráfico, el contrabando de oro y el lavado de activos. En Colombia ya se han arrestado personas vinculadas a Hezbolá, incluso en planes para asesinar ciudadanos israelíes y vigilar estadounidenses. Con la situación en Venezuela, y Colombia cada vez más alineada con intereses contrarios a los de Estados Unidos y con la política de “paz total”, que ha dado más poder al ELN, Hezbolá puede ver al país como un entorno más seguro para operar. El Estado colombiano debe fortalecer la vigilancia en centros culturales islámicos, cooperar con la inteligencia internacional y ser consciente de este riesgo. Obviamente, la mayoría de los musulmanes en Colombia son pacíficos y respetables, pero algunos centros pueden ser infiltrados. Ignorar esto sería un grave error.

SEMANA: ¿Qué piensa de la actuación del Gobierno colombiano?
P.F.: El Gobierno colombiano, y en particular el presidente Petro, no ha condenado las masacres en Irán de manera suficiente, como sí lo ha hecho con el tema palestino. ¿Por qué? Porque la izquierda mantiene una relación romántica con grupos que considera antiimperialistas. Irán, para buena parte de la izquierda latinoamericana, es visto como un héroe antiamericano. Por eso, las denuncias contra los abusos del régimen islámico en Irán son casi inexistentes. Es una postura inmoral.










