editorial

Bogotá está cercada por la delincuencia: Claudia, ¡haga algo!

Bogotá está cercada por la delincuencia como nunca antes en la historia reciente. En lugar de echarles la culpa a otros, la alcaldesa debe cumplir con sus obligaciones y con lo que prometió: ser la jefa de la Policía.


“Bienvenidos a la realidad, el jefe de la Policía es el ministro de Defensa”. Esta insólita declaración fue dada esta semana a Blu Radio por la alcaldesa Claudia López cuando los periodistas le preguntaron por la racha de inseguridad sin precedentes que azota a Bogotá. En campaña, paradójicamente, ella prometió ser la jefa de la Policía y poner a “temblar” a los delincuentes.

Pero sus recientes declaraciones no resultan extrañas. Una vez más, la mandataria evadió su responsabilidad, tal como lo ha venido haciendo desde que inició su gobierno. Las cosas malas que ocurren en medio de su administración son culpa del presidente, los ministros, la Policía, los jueces y nunca de ella. Es como si no la hubieran elegido, en octubre de 2019, para dirigir los destinos de la ciudad.

Bogotá está cercada por la delincuencia. Tristemente, los atracos a mano armada hacen parte de la rutina y no hay un lugar seguro. No importan el sector, ni el barrio ni el estrato. Simplemente ya no se puede andar tranquilamente por las calles. En los últimos meses, los asaltantes acechan a sus víctimas en los restaurantes, supermercados, el transporte público, los centros comerciales y en los alrededores de los colegios y las iglesias. Realmente no tienen terreno vedado. La agresividad hace parte de su modus operandi. Nadie está a salvo hoy en Bogotá, ni siquiera dentro de su propia casa.

¿Dónde está la alcaldesa Claudia López? La ciudad está huérfana y al garete. Ella sigue actuando de manera errática y prepotente. Sus fisuras con la Policía son tan graves que parecen irreparables. Ha culpado de todo y por todo a los uniformados, y los tiene con la moral en el piso. Varios de ellos han perdido la vida prestando su servicio. Y en medio de semejante ola de inseguridad, y cuando se necesita incluso más pie de fuerza, lo único que se le ocurrió fue “exigirle” al presidente que desmonte la Policía tal y como hoy existe. Esa solo fue una peligrosa cortina de humo.

A su anterior secretario de Seguridad, Hugo Acero, un funcionario serio, competente y con experiencia, lo anuló hasta cansarlo, y lo reemplazó por Aníbal Fernández de Soto, quien ha resultado un verdadero fiasco.

La prevención ideológica de Claudia López con la Policía no tiene antecedentes. Ni siquiera Gustavo Petro llegó a esos niveles de hostilidad con la institución, pues en cualquier ciudad los uniformados son los principales aliados del alcalde para garantizar el orden y la seguridad. A pesar de sus capacidades y preparación, a Claudia López le quedó grande el cargo. Los ciudadanos están pagando los platos rotos.

Aunque permanentemente había dicho que no estaba de acuerdo con la asistencia militar, pese a que se la solicitó en privado al Gobierno en medio del descontrol por los disturbios del paro, hoy hay acompañamiento de militares al trabajo de la Policía en Bogotá. Como siempre, la realidad superó a la alcaldesa y le hizo tragar sus propias palabras.

El ministro de Defensa, Diego Molano, aprovechó la oportunidad y frente al secretario de Seguridad Distrital tuvo que hacer una exigencia sin precedentes, cuando anunciaba el refuerzo militar. “A los policías siempre, en las buenas y en las malas, se les debe respetar y acompañar, siempre, y reconocer su trabajo. Y a nuestro Ejército, hay que reconocerlo como Ejército, sin tapujos, sin distracciones”, dijo Molano.

Lo que está sucediendo en Bogotá es preocupante. No es para menos. Aun cuando se acabaron las protestas formalmente, en la ciudad el vandalismo sigue haciendo de las suyas en localidades como Kennedy, Suba y Usme. Los delincuentes prácticamente tienen secuestrados barrios enteros, donde las propiedades ya no valen un peso, los arriendos bajaron, los negocios quebraron y los habitantes tienen terror porque en cualquier momento hay choques provocados por los encapuchados, y en los cuales pueden quedar atrapados.

La alcaldesa no ha sido capaz de erradicar la violencia que se tomó estos sectores. Allí el microtráfico está disparado y las calles se ven infestadas de basura. Es como si Claudia López hubiera decidido abandonar a su suerte a esos ciudadanos. O, peor aún, a todos los ciudadanos.

La alcaldesa se ha dejado llevar por la soberbia. Mientras a la gente la atracan en las calles, la intimidan con armas de fuego o cortopunzantes, y hasta la matan por quitarle un celular, ella no escucha, no trabaja en equipo, solamente se ha dedicado a pelear y a cosechar enemigos. Parece una activista política, una analista, una congresista o incluso una candidata presidencial. Sus peleas con Uribe y Petro en las redes sociales son sin filtro, sin respetar el cargo que ocupa y más pendiente de hacer política con la Coalición de la Esperanza y Alejandro Gaviria para las elecciones de 2022. Ella, sin duda, quiere aspirar a la presidencia en 2026, y así como va, sus aspiraciones están haciendo agua. En Bogotá, las personas claman soluciones inmediatas.

Ni siquiera dentro de la alcaldía ella ha podido trabajar armónicamente con su equipo. De hecho, se han conocido públicamente grabaciones en las que se evidencia que maltrata y grita a su gente. Muchas de sus actuaciones son premeditadas, siguen un libreto. El llanto, las ‘patraseadas’, los videos producidos y hasta su vestimenta ponen al descubierto una estrategia que le está saliendo muy mal, pues los ciudadanos ya se percataron y la rajan en las encuestas, una de sus grandes obsesiones.

En el más reciente estudio electoral de SEMANA, realizado por el Centro Nacional de Consultoría, la aprobación a su gestión cayó 11 puntos porcentuales y pasó del 53 por ciento en junio al 42 por ciento en septiembre. La desaprobación a la mandataria es del 52 por ciento, aumentó nueve puntos porcentuales frente a junio, y hoy ese indicador ya supera el de su aprobación. Este hecho resulta relevante teniendo en cuenta que, al inicio de su administración, el apoyo a su gestión estaba alrededor del 90 por ciento. Además, hay una cifra alarmante: el 96 por ciento de las personas que viven en Bogotá señaló que la inseguridad ha aumentado.

Claudia López se ha empecinado en un mensaje xenófobo contra los venezolanos al culparlos por la inseguridad. Al principio todo parecía un desatino e incluso ella decía que la estaban malinterpretando. Pero, lamentablemente, la alcaldesa sí es xenófoba. De nada han servido las críticas que le han hecho el Gobierno, los expertos, la comunidad internacional, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, e incluso sus aliados, por este comportamiento inadecuado.

Al mejor estilo de Trump o Bolsonaro, ella ha insistido en estigmatizar a los migrantes que huyen del régimen de Nicolás Maduro. Atrás quedó la Claudia empática que conquistaba políticamente a los jóvenes, la mujer hecha a pulso que causaba admiración, la valiente investigadora de la parapolítica y la congresista que era capaz de decir las cosas que otros no se atrevían. Definitivamente, una cosa es criticar y otra gobernar.

La alcaldesa está en la obligación de retomar el rumbo y de rescatar a Bogotá de las garras de los delincuentes. Ella no puede permitir que la capital del país sea conocida ahora en el mundo como Ciudad Gótica, presa del caos, el miedo y sin autoridad. Los ciudadanos la necesitan gobernando y haciéndose presente en las localidades, liderando consejos de seguridad, escuchando a la gente, a los tenderos, a los taxistas, a las amas de casa que tienen pánico de que sus hijos vayan a estudiar, y no quieren verla solo en Facebook, Instagram, Twitter y YouTube.

Es necesario que, como máxima autoridad del Distrito, promueva el fortalecimiento de la inteligencia para que las bandas sean desmanteladas y queden a disposición de la justicia. Además, debe proponer planes efectivos de desarme masivo, poner en marcha programas de prevención del delito y, ante todo, asumir una postura clara contra la criminalidad. No es posible que un día la alcaldesa condene la violencia de los vándalos, y al otro sea laxa, los llame “mis muchachos” y les pida perdón, en medio de sus habituales cálculos políticos. Claudia López ha brillado por su incoherencia. El anunciado rescate social de la mandataria tampoco se nota y la grave crisis económica y social, innegablemente, es caldo de cultivo para la criminalidad.

Esta pesadilla debe acabar ya, y no puede extenderse hasta el primero de enero de 2024, cuando la mandataria entregue su cargo. Claudia López, por favor, ¡haga algo! Aquí no valen diferencias políticas, ni pequeñas mezquindades, ni revanchismos, ni estrategias electorales, ni prejuicios ideológicos.

Trabaje con el Gobierno, lidere a la Policía en Bogotá, como lo ordena la Constitución, ponga en marcha un plan contundente que les permita a los ciudadanos salir a las calles sin que los atraquen o los maten. Esa es su obligación, asuma de una vez por todas su responsabilidad. Eso era lo que usted misma les exigía en otras épocas, de manera vehemente, a los que estuvieron en su lugar como alcaldes de la ciudad. Lo que está en juego es la vida de la gente.