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Días de horror y un año en el que nada cambió: Salud Hernández- Mora recorrió el Catatumbo y revela cómo quedó en ruinas un santuario del ELN y cómo Petro sigue incumpliendo

Días de horror y un año en el que nada cambió. Salud Hernández-Mora recorrió parte del Catatumbo y narró cómo quedó en ruinas un santuario del ELN. También corroboró cómo Petro le sigue incumpliendo a la región cocalera.

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17 de enero de 2026, 4:50 a. m.
Recorrido al Catatumbo por Salud Hernández- Mora: así quedó uno de los santuarios del ELN.
Recorrido al Catatumbo por Salud Hernández- Mora: así quedó uno de los santuarios del ELN. Foto: Salud Hernández-Mora

El bombardeo derribó la edificación de dos pisos desde la que el ELN operaba sus drones. Tras el impacto y un intercambio de disparos, se hizo el silencio y poco a poco los aterrados habitantes de Filogringo fueron saliendo a la calle.

Algunos contaron diez guerrilleros muertos y cinco civiles heridos por las esquirlas, así como casas y comercios destrozados. También las Farc perdieron al menos tres de los suyos.

Pasaban las horas, la noche acechaba, ninguna autoridad acudía en su ayuda y el ELN no cedía a las súplicas de dejarles irse en carros y motos.

En Tibú patrullan militares, pero no es suficiente. Las Farc son la verdadera autoridad en este municipio.
En Tibú patrullan militares, pero no es suficiente. Las Farc son la verdadera autoridad en este municipio. Foto: Salud Hernández-Mora

Cuando fueron conscientes de que nadie los auxiliaría, que urgía que los afectados recibieran atención médica y no les permitían usar sus vehículos, decidieron armarse de valor y banderas blancas, y caminar todos juntos hacia El Tarra, a la mañana siguiente. Estaban decididos a recorrer a pie los 30 kilómetros que separan el corregimiento de la cabecera municipal, pese a las reticencias de los elenos y el peligro de quedar de nuevo en medio del fuego cruzado.

Se pusieron en marcha apenas clareó y, en cuanto horas más tarde divisaron el pueblo, situado en el corazón del Catatumbo cocalero, vieron a un grupo de vecinos que salía a su encuentro. La solidaridad había vuelto a vencer al miedo.

Ha transcurrido un año desde que el ELN declarara la guerra al frente 33 de las Farc-EP con la intención de quedar como el único dueño del Catatumbo, y nada ha mejorado; todo está igual o peor en la región de Norte de Santander, fronteriza con Venezuela, que figura desde hace décadas en los primeros puestos del ranking nacional de cultivos de coca.

El recuento oficial cifra en 196 los muertos por los enfrentamientos y datos informales suben el registro a 312, entre civiles y guerrilleros de ambos bandos. El número sigue subiendo porque la violencia no cesa.

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La falta de educación es otra de las dramáticas consecuencias de la confrontación entre los dos grupos armados. La Secretaría de Educación calcula en unos 2.000 los menores de edad que no han podido matricularse en escuelas y colegios de Tibú y El Tarra, los dos municipios convertidos en el principal campo de batalla.

Mientras el mundo fija sus ojos al otro lado de la frontera, tras la detención de la pareja de tiranos Maduro-Flórez, los elenos siguen empeñados en aniquilar a sus enemigos y los farianos, en recuperar el terreno perdido.

“El ELN tiene el 80 o el 90 por ciento del control del Catatumbo”, admitió en entrevista con SEMANA el comandante Andrey Avendaño, cabeza del frente 33 de las Farc, hace dos meses. Agregaba que no los vencerían tan fácil, que pelearían hasta el final. Y así ha sido.

Fuentes locales aseguran que las Farc-EP se están reforzando con nuevas unidades y armas, y, en diciembre pasado, en plenas fiestas navideñas, intensificaron la reconquista.

 El ELN se ha convertido en la guerrilla más fuerte del Catatumbo. Entretanto, las Farc intentan recuperar terreno.
El ELN se ha convertido en la guerrilla más fuerte del Catatumbo. Entretanto, las Farc intentan recuperar terreno. Foto: Salud Hernández-Mora

Entre el 22 y el 25 de diciembre atacaron al ELN en Pacelli y La Gabarra, corregimientos ambos de Tibú, provocando otro desplazamiento de decenas de familias, si bien en esta ocasión no se produjo la estampida del año anterior.

La mayoría que ya había retornado, asumiendo el riesgo, en torno al 70 por ciento, se resignó a vivir bajo las balas con tal de seguir en sus fincas y casas.

Los que volvieron a huir despavoridos en esta ocasión y dejaron todo botado de nuevo, se acomodaron en casas de amigos y familiares en Cúcuta y en otras localidades.

“Unos no soportan más la angustia de escuchar disparos y explosiones a cualquier hora”, me dijo una mujer que vivía en La Gabarra y ya no sabe si quiere volver algún día o empezar una nueva vida en otro lugar, lejos de la interminable violencia de su tierra natal.

“Cada día es más difícil todo. A uno lo paran en los retenes y preguntan de dónde vienes. Yo soy nacido en La Gabarra, siempre he vivido allá y me conoce todo el mundo. Pero cada vez hay más guerrilleros de otras partes que no conocen a nadie, muchos venezolanos en el ELN, y desconfían de uno”, cuenta un finquero que tiene sembrados de coca y alguna que otra cabeza de ganado. En el Catatumbo, para moverte sin problemas, debes probar ante la guerrilla que eres nativo, o bien que llevas muchos años en la zona o tienes referencias. Y ahora resulta más complicado por el riesgo de que te consideren colaborador de los contrarios.

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Otros cuentan que se fueron por temor a que las guerrillas, inmersas en campañas de reclutamiento, alisten a sus hijos.

“Tengo un niño de 13 años que le gustan las armas… Por eso tocó salir”, me dice una señora, que vivía en una vereda de La Gabarra.

“¿Qué quiere un hombre?”, preguntan los apuestos guerrilleros que mandan a las escuelas a captar incautos. “Armas, dinero y mujeres”, responde él mismo, y ofrece el ELN como destino, explica un docente. Otro añade que muchos alumnos contestan que quieren ser del ELN, las Farc o narcos para escalar hasta ser un cabecilla, cuando inquiere sobre sus sueños. La esperanza, indica, es que una buena parte aún aspira a ser un profesional.

“A un muchacho que estudia en la universidad, se lo quisieron llevar los del ELN la semana pasada, en un retén saliendo de Pachelli”, me cuenta un campesino. “Querían bajarlo del bus y que se fuera con ellos, que lo necesitaban, pero unos pasajeros los convencieron de que lo dejaran seguir estudiando”, rememora. “Después de eso, ni él ni otros como él vuelven al Catatumbo a visitar a sus papás”.

Disputa entre el ELN y las FARC por la zona es constante.
Disputa entre el ELN y las FARC por la zona es constante. Foto: Salud Hernández-Mora

El ELN hace retenes con frecuencia en la carretera entre Cúcuta y Tibú, la población más importante del Catatumbo, en donde Ecopetrol aún mantiene una considerable actividad. Requieren documentos y revisan los celulares, de ahí que haya disminuido el tránsito. Y el 6 de enero secuestraron a cinco policías que regresaban a sus estaciones después de las vacaciones navideñas.

Pese al riesgo que supone viajar por tierra y a las frecuentes declaraciones tanto de Gustavo Petro como del Ministerio de Defensa de intensificar las acciones militares y el control de la región, cuando hice el trayecto el martes 13 de enero no vi a un solo uniformado en las tres horas que demoras en recorrer los 116 kilómetros de una vía infame, repleta de huecos, de largos tramos destapados y puentes decimonónicos. Prometieron que la arreglarían, pero la corrupción, las vacunas guerrilleras y la constante violencia, entre otros factores, han ralentizado, cuando no detenido, las obras.

Tampoco cumplirá Gustavo Petro en pavimentar, antes de agosto de 2026, como anunció en el primer consejo de ministros televisado y figura en enormes carteles, ya desdibujados, los 153 kilómetros entre Tibú y Ocaña, pasando por El Tarra, proyecto que quedó en nada.

Y lo de pacificar el Catatumbo ha sido otro fracaso. El ELN, que estaba arraigado en unas pocas áreas y no era tan fuerte como las Farc, es el dominante en la actualidad, incluso en zonas del EPL, ahora desaparecido.

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“El ELN nos aterrorizó en enero del año pasado porque actuaron como los paramilitares, fueron a las casas, con nombres, matando y desplazando y quedándose con las fincas, las casas, los comercios”, relata un lugareño que, como todos los entrevistados, pide no dar su nombre. “En el Catatumbo estamos condenados a vivir bajo el mando de un grupo”.

Admite que los cultivos de coca y el narcotráfico son la razón de necesitar una banda armada. El ELN, que asegura estar contra el narcotráfico, posee sus propios cristalizaderos, que gestiona alias Piña, que casi muere en un ataque de los farianos. Logró salir ileso, pero mataron a su escolta. Ahora el negocio está de capa caída. En cuanto estalló la guerra, se esfumaron miles de raspachines venezolanos y otros tantos colombianos, y los campesinos que trajeron los elenos para ocupar las propiedades robadas no son suficientes.

A la crisis por la guerra fratricida de ambas guerrillas y la falta de jornaleros, se une la provocada por el efecto Trump. “No hay plata, hay hambre”, sentencia un vecino de El Tarra. Si la ofensiva naval en el Caribe y las amenazas de intervención terrestre habían frenado la compra de base de coca, un Gobierno chavista sometido al dictado de la Casa Blanca ha terminado por hundir económicamente a los cocaleros. Volvieron las pesas a los mostradores de los comercios.

“Como no entran compradores y no tenemos plata, uno hace mercado con gramos de ‘mercancía’ (base de coca)”, agrega. “Pero la pagan a 2 millones el kilo y eso no da”. Antes recibía 2.900.000, una diferencia que supone trabajar para sobrevivir a duras penas.

La Iglesia católica intenta paliar las necesidades con el Banco de Alimentos y la gobernación pretende hacer lo mismo, aunque con mayores dificultades por las reglas que impone el ELN. Deben pedirles permiso para adentrarse en sus áreas, escrutan con minuciosidad las identidades de los empleados, y no siempre dan la luz verde.

El Gobierno ha fracasado en su ofensiva militar para detener la guerra.
El Gobierno ha fracasado en su ofensiva militar para detener la guerra. Foto: Salud Hernández-Mora

No quieren que nada escape de su control, máxime en momentos en que Estados Unidos aparece en el horizonte. Si siempre incluyeron en su delirante narrativa que la CIA rondaba por sus áreas, ahora que Trump los puso en la mira y acusan al Gobierno y al Ejército de colaborar con el frente 33, han extremado a límites paranoicos los controles.

La brusca caída del precio de la coca y las dificultades para venderla podrían empujar a muchos a unirse a la legión de campesinos que ya escogió la palma de aceite como alternativa. Aparte de los cientos de empleados, los pequeños propietarios de seis o siete hectáreas consiguen sostener a sus familias. De ahí que las veredas El 25 y Vetas, entre otras de Tibú, muestren un significativo progreso.

“La palma ha resistido el año de guerra”, me dice un palmero con orgullo. Y a la oposición del ELN, que intentó prohibir su siembra por considerar que se trata de un cultivo paramilitar y contaminante. Debió recular ante la presión de los nativos, pero tiene frenada su expansión.

Cuentan con unas 35.000 hectáreas sembradas y aún podrían quitar otro tanto a la coca. Para conseguirlo requiere apoyo estatal y, en el terreno, que la guerrilla levante la prohibición.

“Por su riqueza natural, el Catatumbo estaba proyectado para ser una región próspera…”, señala una nativa. “Entre la corrupción y la violencia, están enterrando el futuro”.


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