El primer golpe no es el agua. Es el olor. Un olor espeso, agrio, que se pega a la piel, se queda en la ropa y raspa la garganta como si el aire también estuviera enfermo. Así recibe Córdoba a quienes llegan después de más de una semana de inundaciones. Casas sumergidas, animales muertos flotando, familias enteras mirando el agua sin entender cómo, en cuestión de horas, su vida quedó reducida a barro, silencio y llanto. En los corregimientos de Berlín y Martinica, en la zona rural de Montería, la tragedia avanza sin descanso y amenaza con convertirse en una bomba sanitaria.

Han pasado días desde que el agua se desbordó y todavía no baja. En algunos sectores alcanzó hasta cinco metros de altura. Las calles desaparecieron, y las lanchas y canoas reemplazaron a las motos y bicicletas. Con ellas, los habitantes intentaron rescatar lo poco que podían cargar: una silla, un colchón empapado, una olla. El resto quedó bajo el agua, junto con el sustento de las familias campesinas. Cerdos, patos, gallinas y otros animales murieron ahogados. Hoy flotan o se descomponen lentamente, atrapados en un paisaje que parece detenido en el tiempo.

Emildo Ramos camina entre lo que alguna vez fue su tierra en los baldíos de Berlín. No hay rastro de la parcela que le había sido asignada por la Agencia Nacional de Tierras. Habla con la voz quebrada y los ojos fijos en el agua. Dice que no le quedó nada. Solo la ropa que lleva puesta.
“En este momento somos varias familias campesinas afectadas de los baldíos de Berlín. La Agencia Nacional de Tierras nos había asignado esos terrenos, donde vivíamos muchas familias, y a raíz de esta inundación, de esta creciente, lo perdimos absolutamente todo”, relata. No alcanzó a salvar enseres ni animales. Cuando recibió el aviso, el agua ya le llegaba a la cintura.

En esta zona, las autoridades prohibieron el ingreso durante los momentos más críticos por el riesgo de que las comunidades murieran ahogadas. El caudal no dio tregua. “La verdad, no me dio tiempo de sacar los enseres. En el momento de la inundación yo me encontraba laborando y, cuando me avisaron, el agua ya me daba a la cintura”, insiste.

Aunque reconoce la presencia del Gobierno nacional en el departamento, Emildo asegura que las ayudas oficiales han sido insuficientes. “Empresarios, comerciantes y gente del común son los que más nos han ayudado. Estamos bastante afectados. Muchas familias perdimos todas nuestras pertenencias, incluidos los animales: cerdos, gallinas, patos, pavos, perros y otras mascotas, además de todos los enseres del hogar”, cuenta.

Para estas familias, los animales no eran solo comida. Eran ahorro, inversión y la posibilidad de resistir. Ahora muchos flotan sin vida o permanecen bajo el agua, acelerando el riesgo sanitario.
En Martinica, a solo 15 minutos de Montería, la escena es todavía más cruda. León Naranjo lleva una semana con el agua hasta las rodillas. No se va. Él y sus vecinos temen que, si abandonan sus casas, las saqueen.

“Como pueden ver, todo es pérdida total: gallinas, cerdos, toda clase de animales. Mire alrededor, hay animales podridos, peces muertos, todo. La hierba se pudre, ellos se ahogan y se mueren. También hay perros ahogados, gallinas… mucha cosa, muchos animales muertos”, relata. Tiene más de 50 años en el territorio y dice que nunca había visto algo así.

El impacto también golpea con fuerza al sector productivo. El director de Fenalco Córdoba, Luis Martínez García, subraya que más de 2.500 reses se han perdido en el departamento, donde el 80 por ciento de los municipios están inundados. “Este tipo de eventos catastróficos en una región agrícola y ganadera pueden demorar entre cuatro y seis meses en reconstruir su modelo habitual de economía”, señala.

La tragedia no es aislada. Son miles de hectáreas afectadas, miles de animales arrastrados por la corriente y, al menos, cinco personas fallecidas. El agua estancada acelera la descomposición de los cuerpos de los animales. Algunos habitantes usan elementos de protección para entrar en las improvisadas lagunas. Otros no tienen nada y se exponen a enfermedades en la piel y a infecciones más graves.
Silvia Edith Álvarez Narváez también lo perdió todo en Martinica. Su relato es directo, sin adornos. “Se fueron mis enseres de cocina, el colchón, la cama y hasta los animales. Tenía cinco novillas en la parcela y todo eso se perdió. Esos eran los esfuerzos de uno, ahorrar poco a poco para poder comprar lo que necesitaba. Ahora me toca empezar de cero”, dice, con los ojos llenos de lágrimas.

Las novillas eran su capital. Años de trabajo borrados por el agua. Ahora el miedo no es solo económico. Es sanitario. “El presidente estuvo ayer (martes) por acá, pero aún faltan cosas urgentes. Necesitamos toldillos y repelente, porque las aguas están muy contaminadas. Ya hay personas con rasquiña, con fiebre y malestar. No ha venido una brigada médica con vacunas ni medicamentos para los niños. Eso es lo que más nos preocupa ahora”, advierte.

Muchas familias han levantado carpas improvisadas con plásticos donados. No van a los albergues por temor a los saqueos. “Las aguas están cada vez más podridas. Hay animales muertos: marranos, perros, gatos, incluso restos que arrastra la corriente. De ahí pueden salir muchas enfermedades e infecciones. Tenemos miedo de que esto empeore si no llega pronto la atención médica”, agrega.

Según los propios habitantes, solo en Martinica hay al menos 800 familias damnificadas. Viven de mercados esporádicos y de ollas comunitarias. “Hasta el momento, nada; solo comida que mandan muy de vez en cuando. Vivimos de lo que nos trae la gente. Nos reparten mercados y se hacen ollas comunitarias para sobrevivir”, dice León Naranjo.
Para Ruth Carrasquilla, líder social de Montería, esta tragedia fue evitable. Denuncia que hubo negligencia. “Definitivamente, esto es negligencia. No tengo otra cosa que decir, porque los canales llevan más de 17 años sin mantenimiento, están totalmente tapados, y eso ha llevado a que la situación se complique de esta manera”.

Carrasquilla insiste en que se requiere una verdadera inversión del orden nacional en un departamento que, según ella, ha sido olvidado. Actualmente, más de 40.000 familias están afectadas en esta zona del Caribe colombiano. Mientras el agua no baja y el olor se intensifica, en Córdoba solo hay una súplica compartida: que no vuelva a llover.
