A la alemana Maraike Wenzel, hace 17 años, la enamoraron las playas de Palomino. Tanto fue así que viajó al lugar, tomó una importante suma de dinero y fundó el primer restaurante en las playas de ese paraíso turístico, Finca Escondida, y echó raíces. Hoy tiene tres hijos, lidera un grupo de comerciantes de la región, ama como a nada en este mundo a ese corregimiento de La Guajira, pero no ve la hora de irse.
El Palomino del que se enamoró ya no existe. Las playas en las que los turistas hacían sus caminatas para ver desovar tortugas, apreciar la majestuosidad de la Sierra Nevada de Santa Marta y prometerse amor eterno desaparecieron. “Se las comió la erosión costera”, dicen en ese lugar. “Yo antes caminaba sobre la playa, ahora sobre ruinas”, le dijo Maraike a SEMANA.

De los 100 metros que había para el disfrute de los turistas, aquellos que maravillaron a los mochileros europeos cuando ningún nativo se había imaginado que Palomino podía ser uno de los destinos más importantes de Colombia, no queda uno.
Héctor Hernando Reyes Méndez, un ingeniero que llegó de Acacías, Meta, en 1997, impresionado también por las maravillas de Palomino, es otro de los empresarios afectados.

“El mar se llevó el ala de un kiosko, dos habitaciones que tenía frente al mar con camas voladoras, los baños, las regaderas para los turistas frente a la playa, la bodega, el estand de surfing, donde se hace el Campeonato Nacional e Internacional de Surfing, un asadero llanero y el baño de los hombres. Tengo pérdidas por el orden de 500 millones de pesos”, contó.
La situación no es nueva, pero se agravó. Desde diferentes agrupaciones, como la Asociación de Comunales de Palomino, que lidera Maraike, se acercaron a las autoridades locales y departamentales para buscar soluciones, pero el tiempo ha pasado y no ven una salida.

Alberto Montero Molina, el alcalde del municipio de Dibulla, donde se encuentra el corregimiento de Palomino, decretó en febrero la urgencia manifiesta. Ha sido cuestionado por los comerciantes, pero él dice que no puede hacer nada más, que los recursos en ese municipio de sexta categoría, que tiene un presupuesto de 73.000 millones de pesos para este año, no le permiten ejecutar un proyecto para frenar la erosión costera.
Su esperanza está en el nuevo Gobierno. Según le dijo a SEMANA, en una reunión que sostuvo con el presidente Abelardo De La Espriella y sus ministros, les dio a conocer la problemática que se vive en Palomino, pero que padecen también otros dos corregimientos de su municipio (La Punta de los Remedios y Mingueo) y la cabecera municipal.

“No es que no queramos mostrar resultados mediante obras y salvar la economía de un municipio con múltiples necesidades: declaré la calamidad, la prórroga de la calamidad, toqué puertas en la Gobernación de La Guajira, en el Gobierno nacional, pero desafortunadamente no hemos logrado que esto se lleve a cabo”, expresó el mandatario.
Ahora eleva plegarias para que en el Gobierno nacional lo escuchen, asignen los recursos, se realicen las mesas técnicas. Si deben efectuarse subsanaciones en el proyecto, se las hagan para él hacer las correcciones y, finalmente, avanzar en la iniciativa que formuló para la construcción de jarillones, espolones que le permitan proteger los 300 kilómetros de playas que la erosión se comió en el municipio de Dibulla.
Bella Narváez, representante del gremio nativo de la desembocadura de Palomino, y Nerlys Sofía Vergara, presidenta de la Junta de Acción Comunal de Jardines del Mar, un barrio comercial de Palomino, viajaron a Bogotá el jueves para exponer la situación en la Defensoría del Pueblo.

Esas comunidades pudieron superar las peores épocas en las que las Farc y los paramilitares de las AUC se batían a sangre y fuego por lo que en ese entonces era un paraíso escondido, y ahora temen el regreso de la violencia. “Es que sin playa no hay empleo, y sin empleo los jóvenes están en riesgo de meterse a los grupos armados, porque no hay más”, dicen en Palomino.
Por ahora, el impacto ya se siente. De los 25 empleados que había en el hostal de Maraike solo quedan seis. “Esta semana me toca despedir uno más, y la otra, uno más. Se cayó esa economía que estaba basada en el turismo, y el turismo depende de la playa. Era mi sueño vivir en la playa y ahora vivo en ruinas, desesperanza y angustia”, señaló.
