El 22 de enero de 2026, una explosión sacudió el barrio Santa Fe, en el centro de Bogotá. Eran algo más de las 9:30 de la noche cuando un artefacto explosivo de fragmentación fue lanzado contra un establecimiento del sector. El saldo fue devastador: 13 personas heridas y una víctima mortal.
Lamentablemente, tras un nuevo reporte, se confirma que uno de los heridos por la explosión en el barrio Santa Fe, una persona de 75 años, murió cuando era atendido en un centro asistencial.
— Carlos F. Galán (@CarlosFGalan) January 23, 2026
La Policía confirma que en total fueron 14 personas las valoradas por los servicios de…
Según la información conocida, dos hombres que se movilizaban en motocicleta habrían arrojado el explosivo y escapado de inmediato. El ataque no fue un hecho aislado, sino la repetición de un modus operandi criminal que ya había dejado una estela de terror en el centro de la ciudad durante el año anterior y en otros casos en el suroccidente.
El uso de granadas de fragmentación en entornos urbanos densamente poblados se ha convertido en una herramienta de intimidación. No se trata solo de causar daño físico, sino de enviar un mensaje: demostrar poder, generar miedo y marcar territorio.

En Santa Fe, como antes en San Bernardo, el explosivo se convierte en una advertencia lanzada a plena vista, sin importar la presencia de civiles.
Ese patrón quedó en evidencia en 2025, particularmente en el barrio San Bernardo, un sector tradicional del centro bogotano que terminó atrapado en una guerra abierta entre bandas criminales.

Allí, varios atentados con características similares marcaron el pulso de la violencia: ataques rápidos, ejecutados en la noche, con explosivos lanzados desde la calle y una huida inmediata que dificultó la reacción de las autoridades.
El primer episodio documentado ocurrió en febrero de 2025, cuando una granada fue detonada en plena vía pública, dejando una persona muerta y varios heridos.

Días después, el escenario se repitió. Otra explosión sacudió el sector, esta vez con varias personas lesionadas, reforzando la sensación de que el barrio había entrado en una espiral de violencia sin control.
La escalada continuó en marzo de 2025, cuando un nuevo ataque con granada dejó tres víctimas fatales y múltiples heridos, consolidando a San Bernardo como el epicentro de una confrontación criminal que, según el contexto expuesto por las autoridades, estaba ligada a la disputa por el control del tráfico de drogas.

Las bandas no solo buscaban eliminar rivales; pretendían atemorizar a comerciantes, residentes y consumidores, imponiendo su dominio mediante el terror.
En todos los casos, el método fue el mismo: explosivos de alto impacto lanzados en espacios abiertos, sin discriminación de víctimas, con el objetivo de causar el mayor daño psicológico posible. La motocicleta aparece como un elemento clave del esquema: permite acercarse, atacar y desaparecer en segundos.

El atentado de Santa Fe en enero de 2026 confirma que este modus operandi no ha desaparecido. Por el contrario, se recicla y se traslada entre barrios del centro, manteniendo intacta su lógica de intimidación.
La repetición del método deja una señal clara. Más allá de los nombres de las bandas o los capturados, el explosivo sigue siendo el lenguaje elegido para imponer control y sembrar miedo en el corazón de Bogotá.










