La violencia en Bogotá se ha convertido en un tema recurrente. Aunque las cifras demuestran que la ciudad sí está avanzando en contención de la inseguridad, lo cierto es que hay algunas modalidades delictivas que están más enquistadas dentro del escenario criminal de la capital del país, como el sicariato, por ejemplo.
Esa modalidad de asesinato a sangre y fuego tiene una particularidad y es que no es permanente, no ocurre todos los días ni es la de más preponderancia dentro del mapa del delito. No obstante, es una que siempre está al acecho y depende de la voluntad de algún criminal que esté dispuesto a pagar para acabar con la vida de otra persona. Se acciona con una simple orden y con mucho dinero de por medio.

Durante los dos primeros meses de este año, según los datos reportados por la Policía Metropolitana de Bogotá, se han contabilizado un total de 182 homicidios; de ellos, 72 corresponden a casos de sicariato. Es decir, los asesinatos a sueldo representan el 39,5 por ciento de todo el universo de homicidios de este año.
Y aunque pareciera una cifra muy alta, la verdad es que es 31 por ciento más baja que la reportada para enero y febrero de 2025.

Ahora bien, durante todo el año pasado, la cifra de sicariatos fue de 655 casos entre 1.168 homicidios totales, lo que quiere decir que en Bogotá el 56,8 por ciento de las personas que murieron en medio de un homicidio violento fueron sicariadas. Más de la mitad.
Pero la pregunta detrás de estas cifras siempre será la misma: ¿Cómo funcionan realmente las redes de sicariato en una ciudad donde, según las autoridades, ya no existen oficinas de contratación de estos servicios?
La respuesta es sencilla. Este mercado criminal responde a una red nacional de sicarios que se mueven por todo el territorio entre la comisión del encargo y el periodo que necesitan para esconderse y despistar a las autoridades. Es decir, los sicarios no están nunca en un mismo punto y no solo se dedican a matar por encargo. Están estrechamente ligados a un mercado más grande y robusto: el del narcotráfico urbano.

Los sicarios, como lo describen expertos y analistas consultados por esta revista, solo son una parte del engranaje criminal que se desprende del mercado de la droga y son la herramienta que tienen las bandas para cobrar deudas de honor, ajustar cuentas por robos internos o, simplemente, marcar el poder en un territorio determinado.
Andrés Nieto, exsubsecretario de Seguridad de Bogotá y director del Observatorio de Seguridad de la Universidad Central, explicó que “los eventos sicariales en la ciudad son claras muestras de ajustes de cuentas, venganzas o deudas de honor entre delincuentes”.

Según Nieto, “esto iba a pasar luego de los duros golpes por parte de las autoridades a bandas en la ciudad que se creían intocables, como la de alias Camilo, que llevaba 17 años delinquiendo. Al sacar a grandes y duros personajes del tablero, otros más pequeños están buscando quedarse con esos negocios”.
Entre esas organizaciones, que han venido siendo impactadas por las autoridades y se han transformado desde 2019, están el Tren de Aragua, los Costeños, los Boyacos, residuales de los Camilos, residuales de los de Aspriella, los Paisas, los Moisés, los Maracuchos, los de Pedro Pablo, los Chontaduro, disidencias de las Farc, Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC) y facciones del ELN.
Sin embargo, respecto a los componentes de grupos armados, el experto advierte que no actúan directamente en la ciudad, sino que tercerizan sus peticiones a través de outsourcings criminales que prestan esos servicios.
Pese a la caracterización que hacen los expertos sobre este delito, el comandante de la Policía Metropolitana de Bogotá, general Giovanni Cristancho, explicó en SEMANA, frente a los casos de homicidios y de delincuencia común, que actualmente “no hay un grupo que domine toda la ciudad. Hay presencia de estructuras como el Tren de Aragua, Satanás y otros grupos en localidades como Santa Fe, Kennedy, Chapinero, Bosa y Ciudad Bolívar. Tenemos identificados alrededor de 80 grupos delincuenciales organizados para intervenir en este semestre. Trabajamos con la Fiscalía en operaciones planificadas por cuatrimestres. Cada localidad tiene dinámicas propias y grupos diferentes. El fenómeno es fragmentado”.

El precio de una bala
Las investigaciones de las autoridades sobre las estructuras de narcomenudeo relacionadas con el sicariato en Bogotá han permitido establecer no solo cómo operan estas organizaciones, sino también cuánto dinero reciben los distintos integrantes que forman parte de esta cadena en las ciudades.
De acuerdo con los investigadores, dentro de estas redes existe una estructura jerárquica clara que define funciones y también niveles de pago, y no tiene como core de su negocio directamente al sicariato, sino más bien la distribución de drogas en las diferentes ciudades del país.
Entonces, entre los roles de quienes se dedican a la comercialización de estupefacientes también subyacen las funciones de quienes están llamados a matar a sueldo.
En la parte alta de esa cadena se encuentran los administradores de las zonas de expendio, quienes tienen a su cargo la coordinación de los puntos de venta y el control del negocio en determinados sectores. Según los reportes judiciales, de investigaciones que se han adelantado en la Fiscalía y la Policía desde 2019, estas personas pueden recibir hasta 4 millones de pesos semanales por esa labor.

Un escalón más abajo se ubican los llamados “taquilleros”, los encargados de comercializar directamente las dosis de droga en la calle. Ellos se ocupan de la venta al consumidor final y por ese trabajo obtienen alrededor de un millón de pesos cada ocho días.
También están los llamados “surtidores”, cuya función consiste en transportar las cápsulas o dosis de estupefacientes hasta los diferentes puntos de venta. Por esta tarea logística reciben sumas considerablemente menores: pueden ganar hasta 200.000 pesos durante el mismo periodo semanal.

Sin embargo, dentro de estas organizaciones, el mayor flujo de dinero suele concentrarse en el componente violento de la estructura. El brazo armado, integrado por jefes de sicarios y sus grupos de asesinos, es uno de los sectores que obtiene mayores dividendos provenientes de las actividades criminales.
En estos casos, tanto el jefe de sicarios como cada integrante de su grupo pueden recibir pagos cercanos a los 500.000 pesos semanales. No obstante, estos ingresos pueden incrementarse dependiendo de las órdenes de ataque que reciban.
Los investigadores explican que dentro del mundo criminal cada objetivo tiene un valor distinto. Por ejemplo, si el homicidio se comete contra un campanero, un vendedor de droga o un integrante de bajo rango de la organización rival, el sicario podría recibir un pago adicional cercano a los 200.000 pesos.

Pero, cuando el objetivo es de mayor jerarquía, como un jefe de banda o un administrador de zona de una estructura enemiga, la cifra cambia drásticamente. En esos casos, el asesinato puede llegar a pagarse hasta en 50 millones de pesos.
Otro rol clave dentro de estas redes lo cumplen los llamados “moteros” de los sicarios, quienes se encargan de realizar transportes o ejecutar misiones específicas en motocicleta. Sus ingresos semanales pueden oscilar entre 500.000 y un millón de pesos, dependiendo del nivel de riesgo del encargo que deban cumplir.

En la base de esta pirámide criminal se encuentran los campaneros. Generalmente, son habitantes de calle que cumplen la tarea de alertar sobre la presencia de la policía o de bandas rivales.
Por esa información reciben pagos muy bajos: en algunos casos apenas 3.000 pesos por aviso, aunque también pueden recibir hasta 100 cápsulas de droga para venderlas por su cuenta.
