Cuando Paloma Valencia cierra uno de los tres debates a los que ha asistido en medio de la campaña con la que busca convertirse en la primera mujer presidenta de Colombia, su equipo le tiene lista una propuesta que se sale de la agenda que preparó para su recorrido de dos días por Medellín, una de las ciudades que la consolidó como senadora en la elección congresional de 2022 y que espera sea determinante en la contienda presidencial.
Son las 8:30 de la noche de un día que comenzó en Bogotá alistando a su hija, Amapola, para una jornada de clases y que termina en la capital de Antioquia, la tierra del expresidente Álvaro Uribe, y con las maletas listas para viajar a Ciénaga. La candidata no ha dado ni cinco pasos para tomar distancia del atril desde el que discutió con sus contrincantes Claudia López y Sergio Fajardo y ya la abordan con la nueva cita de un recorrido que no termina.


El plan se gestó mientras ella estaba en vivo, sin celular en mano ni contacto con su equipo más allá de las miradas evaluadoras del debate; surgió de la idea del exembajador Federico Hoyos, quien estuvo a punto de regresar a la Cámara de Representantes para el nuevo periodo legislativo en la reciente elección; ganó eco entre sus asesores cercanos como la exsenadora cordobesa Ruby Chagüi y puso a trabajar sobre la marcha a su equipo de seguridad para hacer una parada más en su agenda paisa, pero esta vez nocturna.
Esta tiene lugar en una bodega ubicada en la zona industrial que hace las veces de cervecería con música en vivo y en donde el rock está en el calendario de todas las semanas. “La primera la ponemos nosotros, para la segunda te necesitamos a vos”, dice la invitación. Esa “primera” es una cerveza, así como un mensaje político para votar en la primera vuelta electoral, y quien invita es su fórmula vicepresidencial, Juan Daniel Oviedo, para un encuentro con jóvenes. La candidata acepta.

Para Paloma es poco habitual pasar una noche fuera de su hogar. Así esté en campaña, procura llegar a Bogotá al terminar cada recorrido para ver a Amapola antes de dormir y despedirla en las mañanas. Estar tanto tiempo lejos de su casa ha sido uno de los puntos más difíciles de tomar las banderas de la coalición Juntos por Colombia, el Centro Democrático y el Nuevo Liberalismo, con el objetivo de derrotar al heredero del Pacto Histórico, Iván Cepeda, en las urnas, así como al abogado que quiere ganarle los votos de la derecha, Abelardo de la Espriella.
En la cava cervecera de piso de cemento sin embaldosar, ladrillos expuestos como una construcción a medio terminar y asientos de metal, un grupo de jóvenes en sus veintes espera la llegada de Oviedo. Ellos pueden alcanzar los tres centenares y acudieron al lugar solo por la promesa de tomarse una foto con el economista que recorre Colombia con un periódico en mano como protagonista de la fórmula más heterogénea del tarjetón: ella, una defensora de la seguridad democrática y del no al acuerdo de paz; él, un abanderado de las libertades que encarna la promesa de construir entre diferentes como eslogan electoral. Esperaban solo a Oviedo, pero Valencia entra en escena. Son casi las diez de la noche del jueves y juntos llegan a un bar.
La candidata presidencial Paloma Valencia acompañó a Juan Daniel Oviedo en un evento en una cervecería de Medellín: "Muchos dicen que nos llevamos la contraria, pero ¿quién quiere un presidente al que no se le pueda llevar la contraria?”. https://t.co/if1kX8q65f pic.twitter.com/qmuPkC6bW7
— Revista Semana (@RevistaSemana) May 8, 2026

Movilizar a una dupla presidencial entre la multitud es una actividad de alto riesgo desde el asesinato de su compañero de partido Miguel Uribe Turbay, y los esquemas de seguridad les abren paso entre los jóvenes que se atraviesan en el camino con vasos de plástico repletos de cerveza artesanal. Ella les dice que los critican por ser diferentes: “¿Pero quién quiere un presidente al que no le puedan contradecir?”.

La promesa es unir al centro y a la derecha, congregar a los indecisos y a los petristas indignados, y para sumar en su combo entraron políticos tradicionales conservadores, liberales, de La U y algunos de Cambio Radical que no se fueron con De la Espriella. La critican porque está con los de siempre, porque es la del expresidente que protagonizó la defensa armada del Estado, pero para ella todos caben desde que quieran construir país.
No cedió en alejarse de Uribe, su mentor. Él está tan cerca que en el Pacto Histórico han dicho que la contienda es contra él y quienes representan al uribismo, como si las batallas presidenciales fueran un asunto que deben librar los hombres. Sale a reuniones con comunidades para publicitarla y, en medio de los encuentros, conversan por videollamada para saludar a la gente. No es su sombra en la campaña, sino que la caminan juntos.

Mariposas azules
Es su segundo día lejos de casa y, al apagar los micrófonos tras una entrevista de radio, pregunta por Amapola. Cuando están en la distancia, le envía mariposas imaginarias porque a la pequeña de 9 años le gusta verlas volar; a veces las recibe en su corazón, otras se le aparecen de frente, como un día que le reclamó porque le mandó una de color naranja y no azul, como a ella le gustan. Días después, en medio de un recorrido por Santander, un empresario le regaló un broche en forma de mariposa azul. Aquella vez la candidata pausó su agenda para contarle que ya tenía la mariposa que había pedido.
Los cronogramas pueden retrasarse, mas no su llamada diaria con su hija cuando sale de estudiar. Amapola le comenta las entrevistas, le manifiesta su preocupación cuando siente que algunos líderes de opinión “no la quieren” y hasta muestra su asombro cuando le escucha afirmar que ser mamá es un reto tan grande como convertirse en presidenta.

El camino no está pavimentado. Las encuestas que la muestran en el tercer lugar para la primera vuelta son el común denominador; los “defensores de la patria” de De la Espriella están jalando los votos de las bases que en el pasado acompañaron a Uribe y hasta en su propio partido hay fisuras, como la que ocurrió con María Fernanda Cabal tras la consulta interpartidista o la herida que dejó la condena en primera instancia contra su compañero de bancada Ciro Ramírez, un señalado por corrupción que está en sus afectos.
En medio de su recorrido, Paloma hace pausas para empacar en la distancia la ropa que llevará Amapola para acompañarla el fin de semana en Córdoba y Magdalena. En ocasiones, tal es la coordinación que hace videollamadas con Tomás Rodríguez, su esposo, mientras él le muestra todas las prendas que llevarán en el equipaje y ella aprueba lo que debe vestir. Después llama al equipo que los acompaña para asegurarse de que todo esté como lo coordinó.

Es mamá en la distancia y quiere ser la primera jefa de Estado. Colombia no ha tenido una presidenta, mucho menos un segundo al mando de la comunidad LGTBI, y ella está intentando romper esa barrera en compañía de Oviedo. “Hay demasiados prejuicios. Alguna vez alguien dijo que ‘lo de menos’ era eso. Seguramente, si yo fuera hombre, esta campaña tendría muchos más votos”, dice.
Un día, el general Gustavo Rojas Pinilla visitó Popayán. Corrían los primeros años de la década de los cincuenta y su tía Josefina Valencia lo increpó preguntándole por qué los militares no habían logrado lo que tampoco consiguieron los conservadores y liberales: dar el derecho al voto a las mujeres. Gracias a esa escena consiguió ocupar un puesto en la discusión de la reforma a la Constitución de 1886, cuando las mujeres fueron reconocidas como ciudadanas y pudieron votar.
La tía Pepa, como le dice la candidata, fue la primera ministra y la primera gobernadora del país, luchando contra un contexto social en el que le llegaban cartas acusándola de acabar con la feminidad por asumir cargos públicos. Ahora Paloma quiere seguir ese ejemplo, pero a otro nivel, escribiendo su nombre como presidenta: “Mi momento es ahora”.
