La fila de personas que espera junto al enrejado que separa la carretera que conduce al casco urbano de Pitalito, Huila, de la pista del Aeropuerto Contador parece alistarse para la llegada de un cantante o para retratar el primer aterrizaje de la historia del aeródromo.

Unos visten la camiseta de la selección Colombia; otros, una blanca con la tricolor estampada, y algunos comienzan a abrir una bandera cuando ven que la puerta de la avioneta se abre para el descenso de los pasajeros. Dos mujeres que aguardan en el asfalto, bajo el sol de 24 grados de temperatura, alcanzan a enfocar sus celulares directo a la puerta del avión que acaba de descender.

Cuando se abre, algunos decepcionados se retiran de la cerca y unos más se quedan en pie, sin dejar de apuntar sus cámaras, a la espera de los pasajeros del vuelo. Se bajan los primeros y la atención se dispersa: ellos esperaban a un candidato presidencial, y no a los viajeros de uno de los escasos cuatro vuelos comerciales que aterrizan cada día en esa terminal.
De la Espriella llegó en el segundo vuelo. El despliegue a la salida es tan extenso como el que acompaña a un presidente: las camionetas superan la decena, los vehículos de Policía, entre motos y carros, también alcanzan ese número, y unos cuantos carros blindados están parqueados en la pista esperando la llegada del candidato.
Aunque es abogado, sí tiene algo de artista. Grabó dos álbumes de estudio con sus versiones de canciones como No llores por mí, Argentina y una adaptación del himno Hallelujah, en el que describe a “un ateo que consiguió creer (...) y ha donado a una iglesia una fortuna”. Son letras adaptadas en 2022 y 2021 que ahora resuenan en medio de la campaña con la que busca recoger los votos de la derecha y los de los indignados para ser el sucesor de Petro.

Es humano, pero se hace llamar el Tigre. No tiene seguidores, sino una manada. En el pasado no creía en Dios y ahora hace campaña en iglesias cristianas en las que los mismos pastores le abren las puertas para predicar sobre lo que él llama la “patria milagro”. Y ese discurso de volver a hacer a Colombia grande, como lo prometía Donald Trump con América, lo tiene con el 29 por ciento de intención de voto para la primera vuelta presidencial y con una opción de pasar a segunda con Cepeda. Ese es el dato de la encuesta de Atlas Intel, la única en la que cree su equipo porque es realizada por una firma internacional, y no por una compañía local en la que puedan existir, dicen sus asesores, intereses empresariales.

Los que esperaron a De la Espriella junto a la pista de aterrizaje se quedaron con apenas un saludo del candidato, mientras otros se congregaron en el auditorio de la Cámara de Comercio para escucharlo en su evento, en el que aseguran haber acogido a 3.000 personas. Allá una comparsa recibe a los asistentes en la entrada, la misma en la que una mujer vende camisetas estampadas con un tigre, cobrando 20.000 pesos por cada pieza. “Yo pensé que eran regaladas”, le dice un hombre que estuvo a punto de tomar una prenda. “Aquí no es con tajada y chocolate, nosotros no somos la izquierda”, le responde ella.
Un tigre alfarero
Quienes se apiñan para esperarlo no saben que está a unas cuantas cuadras, en línea recta, visitando un taller en el que un grupo de artesanos le enseña a hacer piezas con arcilla. El maestro le dice al candidato que su figura está quedando “un poco deforme” y la conversación sigue hasta comentar sobre Artesanías de Colombia, la entidad que fue liderada por una amiga de la primera dama, Verónica Alcocer, y la politización en la que cayeron las entidades públicas en los últimos años. “El único candidato que es artista soy yo. Entiendo el arte y lo defiendo”, exclama.

La agenda de De la Espriella es como una minuta militar que depende de los horarios de los vuelos privados y del despliegue de esquemas de seguridad en las calles. Por eso solo bastan unos minutos para que se despida de los alfareros. Le regalan la figura de una chiva y él compra alcancías en forma de marrano, cada una del tamaño de su mano, para llevarles a sus hijos, porque en campaña desarrolló la costumbre de llegar a casa con un regalo de algún rincón del país.
Ellos son ciudadanos estadounidenses e italianos, pero en su repisa coleccionan las artesanías colombianas que su padre les lleva desde cada rincón: pulseras de San Andrés, un bolso hecho con fibra de plátano de San Agustín y combinados de queso con bocadillo que les compra en los pueblos. Les quiere enseñar colombianidad.

Aunque del alfar al auditorio hay solo ocho minutos de trayecto a pie, recorrerlos significa un nuevo despliegue de seguridad en el que los vehículos que acompañan al candidato ocupan a lo largo casi el kilómetro de distancia que separa ambos sitios. Apearse de la camioneta es una maniobra de seguridad para abrir la puerta del vehículo, dar unos pasos adelante, girarse para saludar a quienes le esperan en la calle y entrar al recinto mientras a su espalda los escoltas cierran la puerta del auditorio.
No se puede publicar cuántos escoltas lo acompañan en sus visitas a los territorios, pero juntos esos uniformados pueden formar dos equipos de fútbol con jugadores suplentes. Algunos suben al camerino con él, otros custodian el escenario, y muchos más aguardan en la calle para blindar el lugar, porque desde que recibió un mensaje amenazante en redes, con una fotografía con su nombre marcado en un ramillete de flores, tuvo que reforzar su protección.
Como ese artista que dice ser, un cantante vallenato experimental mientras Colombia elegía a Petro de presidente en 2022, De la Espriella tiene varios cambios de atuendo, pero por motivos de seguridad. Para hablar ante la multitud, viste un chaleco antibalas color hueso que se mimetiza con el blanco de su camiseta; al descender, regresa a su habitual camisa con botones; y horas después, antes de montarse al helicóptero de la fuerza pública, lleva una camiseta blanca como la que cualquiera compraría en una tienda.

Respuesta divina
En el público de De la Espriella hay mujeres disfrazadas de Tigresa del Oriente, hombres que portan gorras de camuflaje militar, aunque no son uniformados, y patriotas que visten la bandera de Colombia como una capa. Con la franja del amarillo del sol amarrada al cuello, un hombre observa al candidato asomarse por una ventana de una casa ubicada en la esquina del parque central del municipio de San Agustín.
El marco azul de la ventana es tan pequeño que sus menos de 1,68 metros de estatura no caben en el recuadro que se abre con vista al parque. Tampoco entraría una persona más si él quisiera dar ese discurso en compañía de su fórmula vicepresidencial, José Manuel Restrepo, o de alguno de los políticos que lo observan desde la plazoleta: los excongresistas Jaime Felipe Lozada y Ana María Rincón, el senador electo Enrique Gómez Martínez y su hijo, Nicolás. Gómez Martínez pasó de ser un excandidato presidencial que en 2022 reprochó a los medios porque no lo invitaban a debates a convertirse en el senador a la sombra de De la Espriella desde que su partido, Salvación Nacional, lo coavaló para estas elecciones.

Entonces, se dirige a los opitas con los pies sobre el suelo y la cabeza por fuera de la vivienda, desafiando el filo del techo que toca su gorra. Si abre las manos para dar un gesto de saludo a la patria o señalar a la calle para mostrar que sacará la corrupción de “los de siempre” del poder, su cuerpo se sale del encuadre.

De la Espriella está convencido de que todo lo que ha querido hacer lo ha conseguido; entonces, le pido una lista de esos logros. La encabeza con formar una familia con Ana Lucía Pineda, a quien conoce desde que eran niños y es la madre de sus cuatro hijos. Luego, continúa enumerando los logros empresariales: se le ocurrió montar una firma de abogados y lo consiguió; ideó crear una marca de vinos y rones, hacer música, montar una tienda de ropa que lleva su nombre y está construyendo un proyecto de 4.000 apartamentos en el Caribe. Todo eso son, para él, metas cumplidas.
“¿Le quedaba el pendiente de ser presidente?”, le pregunto. Él dice que la Casa de Nariño no estuvo en sus planes. Incluso recuerda cómo en noviembre de 2024, mientras vivía en Italia, le compartió a Ana Lucía su decisión de presentarse, y ella le respondió que estaba loco. “Intenté escaparme de la política, pero un hombre no puede escapar de su destino. Es una obligación patriótica”, dice.
Para los creyentes, Dios traza su destino, y De la Espriella está convencido de que ese ahora es su camino. Así se lo hace saber a los opitas que escuchan su discurso de balcón: “Soy la respuesta de lo que muchos de ustedes le han pedido a Dios”.
