Camilo Pierre Castro habló desde Ginebra, Suiza, con Blu Radio sobre su paso por la cárcel Rodeo I, en Venezuela, tras lo que calificó como una detención arbitraria.
En su testimonio habló de las condiciones de reclusión y prácticas que, según relató, marcaron de forma permanente su salud mental y física.
En su intervención, el hombre describió un entorno que estaba diseñado no solo para castigar, sino para quebrar a quienes permanecían allí privados de la libertad.

Pierre explicó que durante su reclusión compartió espacios con presos políticos extranjeros y que le resultó llamativa la escasa presencia de venezolanos en su entorno inmediato, pese a que muchos ciudadanos del país permanecían detenidos por las mismas causas y en condiciones igualmente precarias, incluso por lapsos más prolongados.
Según él, el trato desigual y la opacidad en los procesos reforzaban la sensación de arbitrariedad dentro del penal.

Según su relato, las celdas del Rodeo I eran espacios mínimos, de aproximadamente dos por cuatro metros, donde los internos debían convivir con un sistema sanitario rudimentario.
En un mismo hueco ubicado al fondo de la celda, los reclusos se bañaban y hacían sus necesidades. Ese lugar —afirmó— se desbordaba con frecuencia, llenando el espacio de aguas residuales cuyo olor “resultaba insoportable” e hacía imposible descansar o alimentarse con normalidad.
El francés contó que no había colchones, sábanas ni mantas. Dormían directamente sobre bloques de cemento y vestían únicamente una pijama.
La limpieza del lugar, cuando era posible, se hacía con una toalla que les entregaban de forma ocasional y que debían usar para todo. En ese contexto, dijo, la falta de higiene y de condiciones básicas se convertía en parte del castigo cotidiano.

Castro denunció la existencia de prácticas sistemáticas de presión psicológica. Aseguró que los internos eran sometidos de manera recurrente al uso de capuchas y esposas, y luego dejados durante horas a la intemperie, bajo el sol, en el patio del penal. Según su versión, estas exposiciones provocaban desmayos entre algunos detenidos.

También habló de castigos físicos y amenazas permanentes. En su testimonio mencionó un espacio conocido como la “cámara de gas”, ubicado en el sótano del penal, donde se arrojaban gases lacrimógenos contra los presos.
A ello se sumaban los traslados al llamado “cuarto pico”, un lugar al que los reclusos eran llevados para recibir golpizas.

Pierre advirtió que muchas de estas prácticas no dejaban huellas visibles en el cuerpo, pero sí generaban daños profundos y duraderos. “Son secuelas que no se ven, pero que quedan para toda la vida”, afirmó, al referirse al impacto psicológico que le dejó su paso por Rodeo I.










