SEMANA: ¿Por qué escribir del fanatismo justamente en estos tiempos?
Alejandro Gaviria: Porque el fanatismo, de alguna manera, es la propensión que podemos tener todos de tratar de imponer nuestras ideas, de cerrarnos a otros puntos de vista, de no respetar éticamente a los que piensan distinto. Y, a pesar de que ha acompañado la historia de la humanidad por siempre, está especialmente acentuado en esta época.

SEMANA: Quisiera preguntarle por un capítulo conmovedor, un discurso que usted pronunció en un grado: ‘El humanismo en tiempos de locura’. ¿Vivimos esos tiempos?
A.G.: Fue hace seis meses en la Universidad del Rosario. Hablé de un humanista, Erasmo de Rotterdam, que vivió en un momento de fanatismo, en una lucha entre el Vaticano, la religión católica y el protestantismo de Martín Lutero. Él trató de tender puentes y de predicar la razón, en un debate lleno de emociones destructivas. Fracasó, pero sus ideas permanecen. Esa idea de locura yo la sigo viendo relevante.

SEMANA: ¿Dónde está la locura hoy?
A.G.: La locura la veo en esto que estamos hablando, en la forma como interactuamos, en la tecnología, en el odio que se está instalando en la política de una manera distinta a lo que fue hace 30 o 40 años. Si lo quisiera resumir en una frase, la locura está en nuestra mente.
SEMANA: ¿Qué siente que hoy es distinto?
A.G.: Quizás ahora es más difícil llegar a acuerdos. El país está más dividido políticamente.

SEMANA: ¿Pesa el fanatismo en esto?
A.G.: Sí, pero el fanatismo es más como una consecuencia. Creo que hay un cambio político de fondo en nuestro país. Hay un nuevo bipartidismo, si lo pudiéramos llamar de alguna manera. Hay dos fuerzas identitarias, las dos con un discurso nacionalista, no podría decir populista. Una, con una geografía muy clara, el Pacto Histórico, el petrismo, en el suroccidente colombiano, en ciertas ciudades grandes, en los estratos socioeconómicos bajos. La otra apela a los valores tradicionales, a la Colombia de Antioquia, al Eje Cafetero y parte de Santander, que fue más tradicional. Bogotá como campo de batalla, y eso se está consolidando. Los partidos tradicionales, que todavía mantienen, sobre todo en la costa caribe, algunos bastiones importantes, están perdiendo espacio. Y, en esa nueva división de la política, va a ser más difícil la búsqueda de acuerdos. Esa división nos va a acompañar, no por cuatro años, sino por más de una década.
SEMANA: En esa división, el centro queda muy diluido. Los tonos medios, como usted los llama, desaparecen. ¿Es grave?
A.G.: Lo que se puede perder es la capacidad de lo que me gusta llamar el reformismo democrático, el que cree en la superposición de reformas, no en la destrucción de todo y tampoco en la añoranza de un pasado. Y se puede perder la capacidad de colectivamente ir encontrando salidas para los problemas urgentes y cambiantes de la sociedad. Si eso pasa, vamos a llegar a una parálisis en la competencia de dos visiones ideológicas, no sé si llamarlas extremas, pero por lo menos irreconciliables. Vamos a perder mucho.

SEMANA: Le voy a hacer una pregunta más concreta. ¿Usted cree que hay una esperanza para el centro en Juan Daniel Oviedo?
A.G.: El centro político es extraño, porque siempre se dice que el centro no existe, pero, cuando se empieza a definir la campaña presidencial, el centro comienza a existir. Sobre todo en una elección reñida como la que tenemos en Colombia. Y comienza hacia el centro podría decir que incluso una especie de chantaje, porque cualquier opción que tome el centro se va a pintar de una traición. Pero yo sí creo que Oviedo representa una parte de ese centro político. A veces me parece que es como si él estuviera insinuando que quiere representar, volviendo al plebiscito del año 2016, el sí y el no. Como “Yo quiero unir esas fuerzas”. Y yo quiero hacer algo, que también está en este libro, que es seguir buscando acuerdos parciales, no definitivos, entre diferentes.
SEMANA: En redes sociales vimos unas fotos suyas con Oviedo. ¿Significa que está pensando en adherirse?
A.G.: Eso significa la posibilidad de que estamos conversando. Yo no he tomado ninguna decisión todavía, pero con él tengo mucha coincidencia. Incluso, el equipo que está con él trabajó conmigo también en la campaña anterior.

SEMANA: ¿Se puede saber de qué conversaron?
A.G.: Hablamos lo que estamos hablando usted y yo. Hablamos también de temas personales, de cómo se sentía él, de lo que va a hacer. Yo le pregunté qué viene en la campaña. Hablamos de todo, del país, le regalé una copia de este libro. Ahí la tiene.
SEMANA: Le da temor que el país se vaya por los extremos. Por ejemplo, ¿por Iván Cepeda?
A.G.: Yo quiero pensar lo siguiente: cualquier cosa que pase, el próximo Gobierno de Colombia, si quiere ser eficaz, si quiere ser incluyente y si quiere repetir alguna de las historias de éxito que hay aquí, tiene que gobernar con algo que llamaríamos zen. Tiene que buscar consensos. Y tiene que dejar de lado, tal vez, la cosa que más me preocupa de estas últimas semanas o meses, incluso no podría decir años, del debate político: la agresividad.

SEMANA: ¿La agresividad del presidente?
A.G.: El discurso presidencial hoy en Colombia es inaceptable de muchas maneras. El próximo Gobierno creo que tiene que comprometerse con esto: cuidar el lenguaje, cuidar las palabras. No puede mentir de manera sistemática, como lo ha hecho el presidente Petro. Ni puede insultar a los ciudadanos que lo increpan, como también lo ha hecho con un lenguaje inaceptable el presidente Petro.
SEMANA: ¿Las razones que a usted lo desencantaron del gobierno de Gustavo Petro se extienden a lo que podría ser un gobierno de Iván Cepeda?
A.G.: El gobierno de Gustavo Petro es una promesa que resultó falsa. Es la promesa del pluralismo, la promesa de tener voces diferentes. En lo que le he oído a Iván Cepeda, hay una mención de un acuerdo nacional, pero veo la gente que lo rodea y no veo ahí una promesa de pluralismo todavía.

SEMANA: Usted habla del acuerdo nacional, que es la forma como él ha negado que avance con una constituyente. ¿Le cree que no la hará?
A.G.: No sé si está descartado o no. No es del todo claro. Hay todavía una contradicción. Muchos de los sectores más adeptos al Gobierno la siguen proponiendo. Pero, sobre todo, la promesa del acuerdo nacional me parece todavía muy vaga, me parece casi como un eslogan. Le falta contenido, le falta profundidad. El tiempo dirá.
SEMANA: ¿Pero le da temor una constituyente?
A.G.: Claro que me da temor. Me da tanto temor que es suficiente para no considerar en este momento la situación política.

SEMANA: ¿Y cómo ve usted la candidatura al otro extremo, la de Abelardo de la Espriella?
A.G.: Me parece que está cambiando. El discurso más reciente es un discurso que también está teniendo tonos radicales antiestablecimiento. Está buscando ese nicho. Es un discurso que parece irse profundizando en la idea de que generar indignación es la única idea de habitar el mundo político. No lo veo buscando consensos e inclusión y voces distintas.
SEMANA: Entramos en la Semana Santa. ¿Usted se reconoce como ateo?
A.G.: No me gusta la palabra ateo, porque transmite la idea de alguien sin principios. En el libro yo hablo de la espiritualidad sin religión. Y cuento lo que me pasó en mi posición espiritual después del cáncer. Mucha gente me pregunta por qué no creo en Dios, y yo digo que soy una persona espiritual. Tengo una forma distinta de orar, me gusta la poesía, me gusta conectarme con el mundo de esa manera. Celebro, como lo han hecho todos los poetas, el asombro de estar vivo.
SEMANA: Ya que habla del cáncer, ¿esa enfermedad puede dejar algo bueno?
A.G.: Sí. Nos unimos más como familia. Me dio una perspectiva distinta de la vida. Mi forma de relacionarme con el mundo y con la política cambió. El temor sigue estando aquí, pero también la urgencia de celebrar la vida. Los pacientes de cáncer de alguna manera se alimentan de esperanza, y las personas que están pasando por eso lo saben.
SEMANA: Usted en el libro escribió una frase muy buena y es que los aguafiestas son necesarios, al menos para avisar que vendrá una resaca. ¿Es usted eso hoy?
A.G.: Sí. Le he tenido pereza y miedo a la demagogia. No me gusta disculpar ilusiones. No me gusta aferrarme a deseos vanos. Yo creo que la demagogia le hace daño a la sociedad, y los aguafiestas lo que señalan es que podemos cambiar de esta manera, pero nunca prometer lo que no se va a cumplir. Eso no le hace bien a nadie y menos a nuestra democracia.
