La edición pasada del BAUM fue la edición X, una de aniversario que se sintió como tal: excelente y vasta en su iluminación, en sus espacios, en sus adornos dentro y fuera de los stages y en sus sonidos. Esta, en términos logísticos, se sintió como una edición XI...

Ahora, a lo importante. El sonido arrollador, sucedió, en gran parte. Lo que yo viví me impactó bueno e intenso, pero fue una muestra relativamente corta del gran espectro del festival de dos días. Y, en ese, muchos asistentes anotaron inconsistencias en varios escenarios; el show de luces, pantallas y los láser que intervienen el plano visual mientras la música penetraba nuestras entrañas con sus bajos, sucedieron; no al nivel de 2025, pero sucedieron.
Musicalmente, no se le puede llamar edición menor a una que trae a Underworld, entre tantos otros actos para tantos gustos distintos. La observación logística sucede admitiendo que este año hubo más lounges alternativos, pero que se sintió más básica en su espacio común depurado...
Ahora... un detalle no escapó a nadie. El apretuje duro. Ese sucedió. Desde el hervidero que, en el momento cumbre del domingo, fue el escenario Stamm, quedó claro que se hizo “chico” para semejante banda (siendo grande, pero pudiendo serlo más) . En todo caso, fue notable ver tanta a gente emocionada por verlos. Tanta.


Nuestra existencia tardío-cuarentañera sacrificó la primera noche por algo más de piernas la noche final (y sacrificio fue, si se habla de perderse a Boys Noize). El sábado empezó para mí con un gran set de Nicola Cruz en el escenario Páramo, en el que dejó una hora y media muy fluida, cautivante, de gran evolución y genial cierre. Fui con curiosidad y salí altamente recompensado. Jamás dudé de haber empezado la noche donde debía.

Luego de comer algo, porque había que darle gasolina a la máquina antes de la gran exigencia, me estacioné en el Stamm, donde tocarían los alemanes de PAN-POT y Underworld entregaría lo suyo.

Los británicos estuvieron a la altura. Fueron abrasivos, abrasadores y contundentemente abrazadores, avasallando como nunca antes a su público en Bogotá con un show visual, un sonido y un setlist más crudo y más rudo como nunca antes habían dejado en estas tierras. Habían dado grandes shows en sus visitas previas, pero esto fue voltaje total. Mucha gente fue a verlos por primera vez y de algunas reacciones que tomamos, no salieron decepcionados.

Desde su versión de “Pearl’s Girl”, el remix (r18_for2026), se supo que en esta versión Live no venían ligeros, que esto no sería propiamente happy. La siguieron con una gran entrega de la suprema y eterna “Dark & Long (Dark Train)” y una poderosísima “Cowgirl”. A su set sumaron joyas clásicas como “King of Snake” y “Two Months Off”, otra nota aligerante, si se quiere, así como su infaltable himno de cierre, el más luminoso quizá, “Born Slippy .NUXX”.

Pero hubo mucho más... al final encadenaron un ataque sensorial absoluto, imparable, arrollador. Rick Smith en las pistas y Karl Hyde en su voz y movimientos encadenaron estas pistas en su noche de sábado en Bogotá.
El tema es que, así como la música fue maravillosamente intensa, la experiencia se hizo exigente, casi de supervivencia. La gente tuvo que encargarse de su propia ventilación, ante el altísimo calor humano. Sin los abanicos que los bienaventurados agitaban para calmar el calor propio, de sus amigos y de algunos extraños en su cercanía, hubiera sido complicado. ¿Se puede hacer más que darle a la gente la opción de comprar o llevar su propia ventilación manual? No lo sabemos. Pero si llega a ser el caso, se debería.




Vale anotar que cuando Underworld suena así de poderoso, entra en el plano de esas bandas que borran el universo. No pueden suceder ambas cosas al tiempo. O existe el mundo o suena Underworld... Como The Chemical Brothers, son big beat, big boy yet all-inclusive bands que en sus pistas increíbles y en su uso de la voz (el de Chemical, con pistas; el de Undie, con el duende Karl Hyde in situ) es magia energética.

Habían venido aquí antes en dos ocasiones. Antes de pandemia, ofrecieron un fiestón en FEP en reemplazo de The Prodigy (que aún puede cumplir esa cita truncada por una muerte que los afectó a ellos pero no los detuvo) luego en un Halloween particular, donde también hubo calor pero se pudo bailar de manera genial. Esa fue una noche fantástica en la que me quedó tatuada una de sus pistas recientes para ese entonces, “Border Country”.


En esta tercera ocasión, en medio de un gentío interminable, no supe usar el hecho de ir solo a mi beneficio. La masa me sobrecogió por momentos. En algunos, me acogió, en otros, me luchó y hubo que defender cada metro cuadrado de pista de baile, incluso de propiedad horizontal para el movimiento de brazos.
Por momentos pensé en el video de ese español quejetas en Barcelona, que pagó un platal por ver a Bad Bunny en el VIP y vivió lo que nosotros vivimos con Underworld, en Corferias en ebullición, en la ubicación General. ¡El tipo al menos tenía clima fresquito!
Hablando de VIP, conocidos que vivieron la experiencia desde ahí no sintieron el mismo nivel de hacinamiento, pero no tuvieron tampoco espacio para bailar tan libremente como hubieran querido. Según compartieron, su visibilidad del show y envolvimiento visual y sonoro les justificó la boleta de todas formas. Allá adelante, los abanicos de la gente también se hicieron necesarios.



El contraste se hizo evidente porque el ambiente en ese escenario fue inmejorable en el acto previo, PAN-POT. El dúo alemán entrego una hora potente, con visuales que lo enaltecieron. Si bien la música no tiene tantos matices como los del acto principal (peras y naranjas, lo sé), fue un excelente set que se pudo disfrutar como un evento así se debería poder disfrutar y evolucionó de manera emocionante. Y no es que no hubiera un gentío, y no es que no hubiera calor...
Luego, simplemente se hizo demasiado, mientras tocaba una de las mejores bandas electrónicas del planeta, que igual lo hizo increíble y se agradece haber podido experimentar.
Notas de Festival
*50.000 almas visitaron Corferias en las dos jornadas, 23.000 el viernes, 27.000 el sábado. Sin dudas, hay que repensar los espacios. Corferias es un gran lugar, modular, pero si la experiencia sufre con el hacinamiento en sus shows más esperados, se borra con el codo lo que se hace con la mano. ¿Habilitar más pabellones? ¿Dejar solo dos enormes en el gran bloque? Algo distinto parece necesario implementar.
*La seguridad fue un tema del que la gente habló mucho. Muchos celulares cayeron presa del hampa, que se aprovecha de los presentes, que “se descuidan”. El asunto es complejo porque, en efecto, la gente va para descuidarse, librarse al baile, y se pierde algo importante cuando se ve obligada a prender el chip que tiene encendido todos los días en las calles. ¿Quiere uno más Policía para bailar más tranquilo en una fiesta de música electrónica? Quizá, quizá no... Es un balance difícil, que sin duda las aglomeraciones no ayudan a resolver.


*Los puristas anotan que se volvió un festival que obedece a las tendencias y apela al tiktok. ¿No hacen eso el 99 por ciento de los festivales esto acaso hoy en día? Además, en carteles amplios, la oferta da para que los puristas tengan lo suyo y los tiktokeros también. Hacer excluyente de algo incluyente parece... quejarse por quejarse.
