El clima volvió a meterse de lleno en la agenda económica del país. La creciente probabilidad de que el fenómeno de El Niño se consolide en 2026 no solo encendió las alertas por sus efectos ambientales, sino que volvió a poner sobre la mesa un temor conocido: el racionamiento de energía.
De acuerdo con proyecciones oficiales, la probabilidad de que se desarrollen condiciones de El Niño ya supera el 60% en el corto plazo y podría alcanzar hasta el 90% hacia septiembre, lo que prácticamente confirmaría su llegada en el segundo semestre.
Este escenario implica menos lluvias, mayores temperaturas y presión directa sobre sectores estratégicos como la energía, la agricultura y el abastecimiento de agua.

El punto más sensible está en el sistema eléctrico. Colombia depende en gran medida de la generación hidroeléctrica, por lo que una caída en los niveles de los embalses puede poner en tensión la capacidad de abastecimiento. Y es ahí donde aparece el riesgo de racionamiento.
Aunque el Gobierno ha insistido en que el país está mejor preparado, no ha descartado ese escenario. El ministro de Minas y Energía, Edwin Palma, aseguró que el objetivo es evitar “ni un minuto de racionamiento”, pero reconoció que el país debe prepararse incluso para un escenario extremo, similar a un “Super Niño”.
En otras palabras, el mensaje es preventivo, el racionamiento no es inminente, pero tampoco es un riesgo eliminado.
Desde el sector energético, la advertencia es clara. Evitar cortes dependerá de la capacidad de reemplazar la generación hídrica con fuentes térmicas, como gas y carbón, que resultan más costosas y pueden presionar tarifas.

Este punto no es menor, en episodios anteriores, la activación de estas plantas ha tenido impactos directos en el costo de la energía para los hogares y las empresas.

El efecto tampoco se limita al sector eléctrico. La reducción de lluvias puede afectar la producción agrícola, encarecer alimentos y presionar la inflación, en un momento en que el costo de vida sigue siendo un tema sensible.
Además, aumentan los riesgos de incendios forestales y disminuyen los niveles de los ríos, lo que puede comprometer tanto el consumo humano como actividades productivas.
El debate de fondo vuelve a ser estructural. La posible llegada de El Niño expone la alta dependencia del país de las condiciones climáticas y reabre la discusión sobre la necesidad de diversificar la matriz energética y fortalecer la planificación frente a choques externos.

Por ahora, el fenómeno no se ha consolidado plenamente, pero el país ya está en zona de riesgo. Y, como ha ocurrido en el pasado, la diferencia entre prevención y crisis dependerá de la anticipación con la que se tomen decisiones frente a un evento que, aunque natural, tiene efectos profundamente económicos.
