Usar tapones para los oídos es una opción lógica en un festival musical, y para mucha gente es obligación de salud y medida profesional... Habiendo dicho esto, usarlos ayer en Deftones equivalía a apreciar un Rembrandt con gafas oscuras.

En este portal y en nuestras páginas impresas hemos hablado de los elementos que hacen al FEP un evento único. Para nosotros, la más importante es su capacidad de desplegar espectáculos trascendentales, eventos casi cósmicos que integran arte visual, arte musical y arte sonoro a niveles conmovedores. Tatúan la memoria.
Hemos vivido experiencias similares en ese escenario, con Arcade Fire, con King Gizzard & the Lizard Wizard (no fue headliner, pero, por Dios), con la todopoderosa primera visita de Tool, y anoche lo volvimos a sentir con Deftones. Hay un nivel altísimo, y luego hay otro nivel. Ese alcanzaron los de California anoche, en el Parque Simón Bolívar.

Pero ya volveremos a ellos. Por ahora, devolvemos un poco el casete... En el tercer día del FEP XV, el domingo 22 de marzo de 2026, poco más de 49 mil almas se hicieron presentes en el Parque Simón Bolívar para el gran cierre. Era un día marcado en el gran escenario por pop, con Sabrina Carpenter (enamoró a seguidoras y seguidores que la acompañaron por las decenas de miles), sonidos atmosféricos pop y soul, con Blood Orange, y hip hop muy actual, con Doechi. Pero antes, con la presencia de Travis, icónica banda británica de indie...


Llegamos al parque al golpe de las 4:30 de la tarde, con cielo encapotado y el cerro indeciso. El medidor de los bogotanos para saber si habrá o no lluvia constante no arrojaba señales claras. Ahora podemos contar el cuento: solo llovió un rato, mientras tocó Interpol. El clima conspiró con la música en el 95% del festival.

Nos recibieron, en la plaza principal, los sonidos de Travis, que miles apreciaron pero que nosotros sacrificamos porque tenemos más de cuarenta y tres días de festival pasan factura.
La estrategia del día dictaba que el escenario Adidas, el segundo en tamaño, sería la base, pues encadenaba a los suecos Viagra Boys, a Interpol (que redimió su corta presentación anterior en el FEP) y a los poderosos y muy esperados Deftones...

Con un sello distintivo europeo, Viagra Boys dejó una inolvidable exposición de su arte, de su joda y de un rango inesperado para los no conocedores y bienvenido para todos. Los habíamos clasificado como “fiesteros”, y lo son, de manera genial, pero desplegaron más.
Al frente, dos elementos fundamentales: la ríspida y franca voz de Sebastian Murphy (un estadounidense que vive en Suecia hace décadas y ya en este punto habla como un británico después de dos pints) y el bajo del fundador Henrik Höckert, que comanda la carga como un exosto en constante carburación. Suecos son The Hives, y sabemos lo que pueden hacer. Ahora sabemos lo que Viagra Boys puede hacer: conjurar un conciertazo de rock con necesarias dosis de irreverencia y un sonido matizado.

Siguiendo la nota de Tom Morello el día anterior, Murphy expresó sin contemplación que “Fuck fascists”, porque claro, y luego lideró un canto de “Free, Free, Palestine! Free, Free, Palestine!”. En temas más mundanos, encendió en el público una arenga al “Guaro!, Guaro!”. El cantante, en efecto, pidió guaro, recibió guaro, pero no apreció que le dieran uno saborizado. “Que me den del amarillo. Quiero el de verdad, ¡no esta mierda frutal!”.


Dejarse llevar por la curaduría del festival es mera alegría cuando recompensa de esta manera. Los Viagra Boys fueron ganando aprecio en su entrega a cada minuto de su presentación, sumando planos sonoros desde sus guitarras, teclados, y un saxofón y una flauta que les dieron un viento único. La pista de cierre, “Research Chemicals”, encapsuló la experiencia entera: rockeramente bailable, explosiva, levemente psicodélica, levemente ebria, fiestera e hipnótica, marcando su clímax con un endiablado solo de saxo. Inmejorable manera de cerrar un GRAN show (que medidas diferencias, evocó algo de lo que dejó Idles en su paso por el festival y, según una fuente presente, a la onda de Bloodhound Gang).

Al golpe de las 7 de la noche, la agrupación estadounidense Interpol marcaba su regreso al FEP después de una visita (corta) en los tiempos de Briceño 18; anoche la redimieron incontestablemente, para nuestra alegría.

Lo hicieron con una fantástica hora de himnos marcados por las guitarras agudas de Daniel Kessler, la guitarra y la voz inconfundible de Paul Banks, así como líneas de bajo inventivas y eternas y una batería que, mientras Sam Fogarino se recupera, asume Urian Hackney. Este le rindió tributo a las composiciones de Fogarino y les dio su propio tumbao sin borrarlas. A este trío se sumaron un bajista y un teclista, configurando la entrega rotunda.

Apenas iniciaba este hora de concierto cayó la única lluvia del festival, lo suficientemente fuerte para encapotar a la gente pero nunca tan fuerte como para arruinar el genial set list. La velada interpolera ofreció un viaje por cinco de sus trabajos y sumó el debut de “See Out Loud”, del que será su nuevo trabajo (concebido con Fogarino, que sigue muy presente).


Siempre será ritual escuchar y cantar canciones como “Rest My Chemistry”, “Narc”, la verdad, todas las que lanzaron, exceptuando la nueva, por desconocida. Himno a himno, Interpol activa en su público el canto en distintos momentos, liberando a su gente a entonar los versos que le cambiaron la vida... Despidieron la noche con “PDA”, con su creciente y esperanzadora emoción a flor de piel.
En ese punto de la joven noche, en ese escenario Adidas empezaba a sentirse el apretuje que no se siente en los actos más tempraneros y no suele suceder en el amplio escenario principal. Pero lo sabemos. Nos preparamos. Venía una ola... e iba a romper con “Be Quiet and Drive (Far Away)”...
Deftones: subimos a la montaña

Sí, en el corazón de Bogotá, la banda californiana se proyectó como un cohete interestelar liderado en vivo por Chino Moreno desde las voces y Abe Cunningham en la batería. Entregando su sonido y la música de décadas (desde lo más viejo, como la eléctrica “7 Words” de cierre, como lo vibrante y reciente, como “my mind is a mountain”) la banda honra en vivo la huella de los ausentes, ya sea por elección personal (guitarra, Stephen Carpenter) o por la muerte (bajo, Chi Cheng).
Con lo que ofreció anoche en Bogotá, Deftones se metió en la baraja de mejores headliners de la historia del FEP junto con The Chemical Brothers, Gorillaz y *______ (sume aquí sus actos favoritos). Mucho se había hablado de que en vivo no sonaban tan bien como deberían... Ayer murió esa frase. No porque no haya podido ser cierta en algún punto; simplemente porque fuimos testigos de la perfección de su sonido. Esa memoria será difícil de borrar.


Sentir en el cuerpo, en el oído y en el alma lo que Deftones desplegó fue renovador. Fue revolcarse en un océano de estallidos pesados que llevan a doblar la espalda, sentimiento y contemplación introspectiva. Fue la marea que acoge, el monte que enseña. Qué obra de arte, sonora y visualmente, envolvente y emocional... “Rosemary” no pudo ser más intensa, más profunda. “Headup” nos dejó ese quiebre final de autoafirmación...
Ojalá nunca nos deje de sorprender ver con esa fluidez y escucharlo todo con esa claridad, las guitarras que alimentan la furia, las melodías explosivas del Chino y sus versos más serenos, los bajos claros, muy claros en sus matices fuertes y más contenidos y la brutal entrega en los tambores de Cunningham, que marcan los cambios quebrados de tiempos tan claramente. Verlos ahí, en escena, entregarse desde los saltos energéticos, fue inspirador.


Seguidores de varias generaciones se dieron cita para presenciar EL EVENTO. Hubo jóvenes que fueron tras descubrirlos por tiktok, donde su música estalló inesperadamente; si bien predominó una mayoría de personas en sus treintas y cuarentas que rockeó Deftones desde la formativa adolescencia, la infancia o su temprana adultez. Estos fueron los que, por obvias razones, más cantaron, más sudaron, más sintieron. Pero todos fueron bienvenidos a montar en estos “Rocket Skates”. Eterno Deftones. Gracias.


Haciendo caso omiso del cansancio físico, pero motivados por la curiosidad de lo que ofrecería para cerrar el Adidas, nos quedamos a ver Skrillex. Sin ser nuestro tipo de electrónica, nos impactó con su sonido, particularmente alto y algo de su propuesta visual llena de candela. El destornillador electrónico se hizo gigante y alcanzó a movernos cuando ya no había piernas.
Y con el estallido de su pirotecnia final vimos la luz del festival apagarse después de haberle entregado picos fantásticos a públicos muy diferentes. No es la primera vez. No será la última. Que venga la siguiente.
Notas de festival
* Más de 140 mil personas se hicieron presentes en esta edición quinceañera del FEP. Se trata de la mayor asistencia para un Estéreo Picnic en su formato de tres días.

*El reto de mantener a públicos felices, en paralelo, como lo son el VIP, el de Zona Futuro y el de General, arroja cambios, y algunos se sienten más. Solo dos estaciones de baños para General se hizo demasiado poco... También dio la sensación de que hubo menos botes de basura. ¿Abarcar más, apretar menos?


*En medio de la oferta amplísima de actividades, así como de escenarios principales y alternativos, la señalización del festival sigue siendo un reto. Incluso personas experimentadas en el FEP Simón Bolívar tuvieron momentos de alta duda yendo por comida, buscando los baños... El mapa sirve; quizá vale sumar iniciativas que dejen clarísimas las rutas dentro del espacio. ¡Quizá es algo generacional!
*Hay mucho por afinar en la Experiencia de Zona Futuro, y estamos seguros de que lo harán. *Baños de discapacitados, ¿cosa del pasado?