crónica

10 horas de horror en Providencia

Les tocó soportar vientos de más de 230 kilómetros por hora, capaces de tumbar un edificio de varios pisos, en algunos casos apenas con un colchón sobre su cabeza y sin saber si el mundo se iba a acabar. Estas son las increíbles historias de los sobrevivientes del huracán Iota y el dolor que quedó bajo los escombros.


Cuando las tejas de la casa familiar que les servía como refugio empezaron a volar, Rogino Livingston decidió que lo mejor era que todos salieran para el albergue que se había dispuesto en la comunidad, pero en el camino cambió de opinión y fueron hasta la iglesia. No habían pasado diez minutos cuando el templo se empezó a derrumbar. Desesperado, les ordenó a gritos que saltaran por las ventanas porque la puerta no abría. Lucharon contra el viento y llegaron al albergue. En la calle, el agua les llegaba casi hasta la cintura; sin embargo, ayudó a mucha gente a entrar. Con todos a salvo, se devolvió a buscar una maleta de cosas personales. Esa fue la última vez que lo vieron con vida.

Luego de que empezó a bajar el agua, en medio de la angustia de la familia, un tío se asomó y vio unas botas amarillas debajo de los escombros. Sasha, una de las hijas de Rogino, comenzó a gritar porque sabía que eran del color que él usaba. El cuerpo del hombre de 47 años, conocido en el sector de Casa Baja como Fuentes o Puerto Pipí, quedó debajo de una de las paredes de la iglesia. Como a casi todos los habitantes de Providencia –y a los turistas–, a él también lo sorprendió la intensidad del huracán Iota, que este fin de semana embistió al archipiélago colombiano.

Las tragedias por los ciclones de esa dimensión eran cuentos que los sanandresanos se sabían de memoria, sin haberlos vivido. La llegada de Iota con la furia de mil ejércitos cambió la historia para siempre. La naturaleza asaltó a los habitantes del archipiélago sin darles oportunidad de prepararse para la batalla. La noche del domingo terminó con una moderada advertencia de fuertes vientos y tormentas, como muchas de antes. Y el día amaneció con una realidad arrasada, una desolación que no cabía en los ojos. Iota pasó, en menos de 24 horas, de ser un huracán categoría dos a convertirse en uno categoría cinco, según la escala Saffir-Simpson. Puso de cabeza a San Andrés y destrozó a Providencia: dejó el 98 por ciento de la infraestructura en el suelo, y sin hogar a sus casi 6.000 habitantes.

Fueron horas terroríficas, pues el ojo del huracán pasó por aguas del mar Caribe a menos de 12 kilómetros de Providencia. Germán Gómez, dueño de un hotel, estuvo más de 12 horas resguardándose en un baño. Allí se encerró alrededor de las tres y media de la mañana, luego de que un árbol cayera contra la puerta de la habitación en que dormía, y las ráfagas de una especie de agua café, mezcla de lluvia y tierra, terminaron por despertarlo. Había regresado a Providencia 12 días atrás, después de que el lugar permaneciera ocho meses cerrado debido a la pandemia del coronavirus. Su plan era mejorar el local para reabrirlo la primera semana de diciembre.

Para algunos isleños, es toda una señal divina que la imagen de la Virgen en Santa Catalina, ubicada en una de las lomas más altas, se haya mantenido en pie pese al paso del huracán de máxima categoría por el archipiélago.
Para algunos isleños, es toda una señal divina que la imagen de la Virgen en Santa Catalina, ubicada en una de las lomas más altas, se haya mantenido en pie pese al paso del huracán de máxima categoría por el archipiélago. - Foto:

Luego de que el árbol cayó contra la puerta principal de la habitación en la que dormía Germán Gómez, el viento terminó por arrancar las ventanas del balcón; entonces el cuarto se convirtió en un peligroso túnel de aire que lo llevó a pensar lo peor. La escena era de miedo. Durante el angustiante encierro sintió cómo el huracán arrasaba con todo. Las cuatro paredes del baño le salvaron la vida.

Horas antes de la embestida de Iota circularon entre los habitantes del departamento audios telefónicos. En uno de los mensajes enviados por WhatsApp, una voz de un hombre contaba que vientos de 170 kilómetros por hora se estaban aproximando, y los techos de las viviendas volaban como hojas secas. “La vaina está empezando a pintar mal y está lloviendo duro y entrando una fuerte brisa”, decía ansioso. En otro, uno de los habitantes relataba que el huracán ya estaba causando daños en varios sectores de Providencia, especialmente en la zona del aeropuerto. Todos, al parecer, llegaron muy tarde.

Cambio de planes

María Antonia Chinkousky y el instructor Camilo Gómez, junto con diez amigos más, llegaron en la mañana del martes, con el plan de bucear en las aguas cristalinas. En sus primeras horas en Providencia cumplieron el itinerario. Almorzaron en la playa, conocieron el muelle y se tomaron algo en un bar. Al otro día, lograron hacer dos inmersiones. Estaban fascinados con el paisaje de la pequeña isla, de solo 17 kilómetros cuadrados, la gente y las coloridas casas de la comunidad raizal.

Por la pandemia, el viaje del grupo fue aplazado desde abril. Al llegar, ninguno sabía nada de posibles huracanes. Más allá de las restricciones para bucear impuestas desde el viernes, no había ninguna presencia, ni anuncios de riesgo de parte de las autoridades, dicen. Con el paso de las horas, la alerta por la cercanía de Iota fue aumentando. Se decretó el toque de queda. Sin embargo, la gente estaba tranquila, todos decían que como máximo el huracán llegaría a categoría dos. “Que todo eso era normal, que pasaba cada semana y que el hotel tenía un bar de concreto”, cuenta María Antonia.

Ese día se metieron en las cabañas temprano. Antes de la medianoche, la dueña del hotel los despertó y les dijo que tenían que ir al refugio, el mismo bar del hotel. En ese momento comenzaron a sentir la fuerza de algo que venía, el traqueteo de los árboles.

En la isla también estaba una visitante muy particular. Yolanda González, la directora del Ideam, quien desde el 26 de octubre, junto con su equipo, venía siguiéndole la pista a todo el sistema de fenómenos naturales ocurridos en el Caribe, previendo que noviembre podría ser un mes muy pesado. Antes habían viajado a La Guajira, en donde se reunieron con comunidades wayuu. El huracán Eta, diez días antes, hizo que llegaran hasta San Andrés y luego a Providencia.

Es cierto que antes de las siete de la noche Iota era categoría dos. Para la experta el punto de quiebre en que empezó a tomar otras dimensiones fue a las diez de la noche. El huracán avanzaba en dirección oeste-noroeste, por lo que supo que podía pasar, mínimo, a 47 kilómetros de la isla. Luego, dejó de girar al norte, entonces bajó la velocidad considerablemente, lo que produjo una rápida alimentación de energía. “Entre las diez y las doce de la noche sacamos información más frecuente para la comunidad y les dijimos que todos tenían que estar superprotegidos”, explica la directora. A la una de la madrugada ya era categoría tres.

En la madrugada del lunes festivo, la isla estaba completamente incomunicada. Los fuertes vientos se llevaron las antenas satelitales.
En la madrugada del lunes festivo, la isla estaba completamente incomunicada. Los fuertes vientos se llevaron las antenas satelitales. - Foto:

Para entender la gravedad de lo vivido en Providencia, es preciso tener claro que los huracanes se clasifican de acuerdo con la presión atmosférica (en condiciones normales es de 1.013 milibares) y con la velocidad de los vientos máximos. Los de categoría cuatro son de entre 920 y 944 milibares de presión, y vientos de entre 210 y 249 kilómetros por hora. Más de 250 kilómetros por hora y una presión menor de 920 milibares representa categoría cinco, lo que alcanzó Iota a las cuatro de la mañana del lunes. “Se sienten los oídos presionados como cuando usted está en un avión”, explica González.

La oscuridad

Todo se tornó más oscuro. No podían ver nada afuera. Solo sentían los estruendos. Los relámpagos eran impresionantes. María Antonia lo describe como escuchar olas gigantes que se revientan. Las tres ventanas del salón se movían y se abrían constantemente. Usaron un cordón para amarrarlas. Entre las cuatro y las seis de la mañana pasó lo más crítico. “Te estás mojando. Empiezan a salir chorros de agua por todas partes. Los relámpagos alumbran de forma impresionante y es aturdidor. Todo al mismo tiempo, constante por más o menos dos horas”, narra.

No muy lejos del bar refugio, en el subterráneo de la oficina del Ideam, Yolanda González, la científica experta en huracanes, rezaba de rodillas, en “la conversación más larga que he tenido con Dios”. Sin servicio de energía su trabajo de monitoreo era imposible. Está convencida de que Dios la puso ahí, y esa fue la mejor forma para honrar a su familia y sus orígenes de campesinos boyacenses. La directora, sin embargo, reconoce que vivió momentos de miedo por la fuerza de los vientos; por eso destaca que en el momento en que la isla se quedó sin comunicación sabía que lo mejor que podía hacer era estar con las familias damnificadas y transmitir todo su conocimiento. “Salvar vidas es que la ciencia les llegue a través de la prevención”, señala.

Al refugio de María Antonia arribó una familia vecina. Era la médica del hospital y su esposo, odontólogo, junto con una señora de edad y dos niñas, una de 5 años y otra alrededor de los 15. Pidieron ayuda porque su casa no había soportado; era nueva, de las pocas construidas en concreto en toda la isla. Venían de pasar varias horas resguardados en un armario, protegidos solo con un colchón que se echaron encima, hasta que hubo luz y se atrevieron a ir al hotel. La doctora había arreglado sus habitaciones para recibir a más gente que necesitara refugio. Pero a las cuatro de la madrugada un ventarrón se llevó todo. Estaban empapados, muriendo de frío. Alguien le preguntó por qué no estaba en el hospital: “Se voló a la una de la mañana, no se imaginan lo que está pasando”, dijo.

En ese momento, el grupo de Nicolás y María Antonia comenzó a dimensionar la gravedad de la situación. Entre las siete y las nueve de la mañana, Iota se encendió otra vez. Los nuevos vientos tumbaron casi todo lo que tambaleaba, y arrastraron los escombros de las calles con decisión intimidante. El grupo solo pudo salir a las once de la mañana. Las cabañas donde habían dormido las noches anteriores estaban sin techos y quebradas. Habían sido privilegiados, el bar del hotel era un buen refugio, pues fue de las pocas estructuras que quedó en pie en Providencia.

Antes de salir, Nicolás les dijo que se tenían que preparar mentalmente porque no sabían con qué se iban a encontrar. Todo era un silencio sepulcral. Las montañas quedaron peladas. “Es un sentimiento de vacío”, dice María Antonia. Recogieron lo que pudieron de sus maletas y decidieron que lo mejor era intentar llegar al aeropuerto. Al reencontrarse en las calles, los isleños se abrazaban como si fuera Año Nuevo. Celebraban el estar vivos. Inmediatamente, muchos se pusieron a reparar algunas de las casas más afectadas.

El 80 por ciento de las casas fueron destruidas en su totalidad y el 20 por ciento, de manera parcial, según el reporte de Minvivienda.
El 80 por ciento de las casas fueron destruidas en su totalidad y el 20 por ciento, de manera parcial, según el reporte de Minvivienda. - Foto:

Tardaron cuatro horas en recorrer los 10 kilómetros hasta el aeropuerto, únicamente quedó la torre de control. De los árboles que antes pintaban de colores la isla, apenas quedaron esqueletos. No entienden cómo, según el reporte oficial, solo murieron dos personas y una está desaparecida. En el camino oyeron las duras historias de aquellos que tuvieron que cambiar de refugio hasta tres veces durante la noche, en medio de los vientos y la lluvia. Como el caso de Adrián Villamizar, el pastor de la Iglesia adventista, a quien hallaron con las manos cortadas, porque tuvo que sacar a sus hijos de debajo de los escombros luego de que su casa colapsara, como casi todas las otras, cerca de 3.000, que había en toda la isla.

En medio de la tragedia los abrumó la solidaridad de la gente, que, a pesar de estar en la calle y de que acaban de perder todo, les ofrecieron a los turistas comida y gaseosa. “Nos daba pena recibir, pero ellos nos insistían, ya que era incierto el tiempo que estaríamos encerrados en la isla. Con esa actitud positiva, mientras yo pensaba que nosotros tenemos nuestra casa en Medellín, confiesa el instructor.

Tres días después de la horrible noche, en Casa Baja, Sasha, su madre –Judith McLean– y el resto de la familia Livingston no sabían qué hacer con el cuerpo de Rogino, que se empezó a descomponer sobre una mesa y al que ninguna autoridad llegó a identificar. Intentaron encontrar un ataúd para enterrarlo, pero en la funeraria no quedó ni uno solo bueno. Con el dolor en el alma, la última opción era sepultarlo envuelto en sábanas. Pero apareció un amigo que es bombero y dijo que usando una planta eléctrica podía construir un cajón. A las cinco de la tarde terminó de hacerlo y faltando 15 minutos para las seis de la tarde del miércoles lo pudieron enterrar. “Murió salvando vidas, es un héroe. No entiendo por qué la gente dice que fue un milagro que no hubiera más muertes, porque para mí esta muerte vale por miles”, dice Judith, quien estaba de turno, como enfermera, en el hospital la noche del huracán.

En Santa Catalina, la pequeña isla al lado de Providencia, todo fue arrasado. En la capital, San Andrés, la parte sur fue la más afectada con cientos de casas destechadas y carreteras partidas. El presidente Iván Duque declaró el departamento zona de desastre y prometió un plan de reconstrucción para ejecutar en 100 días.

Cinco días después, la angustia y la incertidumbre seguía para algunos. Sonia Santoyo lloraba en la salida del aeropuerto de San Andrés, pues no sabía nada de su hija Génesis Archbold y sus dos pequeños nietos, de 2 años y 6 meses, quienes vivían en el sector de San Felipe. La preocupada abuela dijo que estaban evacuando a quienes vivían cerca al aeropuerto de Providencia, pero de las personas de otras zonas no se sabe nada.

Las voces críticas, entre estas la del instructor Gómez y la de Judith, señalan que Iota evidenció la falta de prevención en la isla, que no estaba preparada para algo así. “A nosotros como turistas nadie nos alertó, nos cogió el huracán sin comida, sin agua y en chanclas. Los refugios que dispusieron las autoridades, que entiendo era la iglesia, terminaron sin techo”, apunta. Los interrogantes rondan sobre los escombros, con la misma fuerza que los isleños ahora intentan renacer.